Pavo a orillas del río Bravo

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Reynosa, Tam.-
En algún punto de este municipio fronterizo, este 24 de diciembre, la familia Castañeda Ramírez comerá pavo a orillas del río Bravo sobre una mesa adornada con un mantel verde que en los bordes tiene estampados unos caramelos que contrarrestarán los agrios episodios que han tenido en sus vidas en este año.
Irónicamente ese vecino suyo que es el río embravecido, causó la muerte de dos de sus integrantes a mitad de este año y ha representado un caudal de tristeza, orfandad y una huella que navegará infinitamente en su memoria.
Avecindados en un conglomerado de casas tristes erigidas a base de madera, lámina o cualquier otro frágil material, han logrado subsistir a los embates de la extrema pauperización que reina en esa colonia que tiene como nombre “10 de Mayo”, uno de los tantos sectores de barro que tiene esta ciudad.
El panorama es flagelante, los carretones utilizados para recolectar basura permanecen estacionados afuera de los hogares, los niños desaliñados despreocupadamente juegan a que pase la vida y se lleve sus carencias, las mujeres traen entre brazos a recién nacidos que algún día habrán de caminar por esta, su vida.
La palabra esperanza es poco común en ese lugar, apenas y se conoce porque la realidad resulta apabullante para todos: niños y grandes por igual no son ajenos a lo que sucede en su entorno grisáceo y vulnerable.
A pesar de esto, la familia Castañeda Ramírez ha comenzado a vivir algo diferente, una Navidad poco común, extraordinaria para ellos porque no mienten, tanto el pavo como el pino decorado de la época solo lo han visto por televisión, ese artefacto que no tiene olores, ni sabores.

NIETOS COMO HIJOS
Esta familia es encabezada por Héctor y Gabriela, de 46 y 43 años de edad respectivamente, quienes están a cargo de siete menores de edad que son sus nietos, pero que por las circunstancias han adquirido la responsabilidad de cuidarlos como a sus propios hijos.
Al morir ahogada Claudia Iveth Ramírez Solís con su hijo Heber Saúl de apenas 12 años de edad, tres de sus vástagos quedaron a cargo de estos abuelos. Los niños de la mujer fallecida, Briseida, de 15 años de edad, Claudia, de 12, y Angel, de ocho, viven con ellos desde hace seis meses que sucedió el accidente.
Después del incidente la hermana de la occisa, Lizeth Gabriela Tamez Ramírez, comenzó a tener problemas y dejó a sus cuatro hijos Héctor, de siete años, Rubí, de cinco, Gilsael, de cuatro, y Ady, de apenas un año de edad, al cuidado de la pareja.
“Es complicado pero gracias a Dios comida no nos falta, nos falta lo que sea pero siempre hay que darles de comer. La mera verdad no sabemos cómo le hacemos porque sí nos las vemos bien difíciles”, comenta Gabriela, quien trabaja en la Clínica del Issste como subcontratada en el área de limpieza.
Son siete menores de edad que corren y brincan por la vivienda construida de madera y techo de lámina. El patio es grande y funge como comedor, como centro de juegos y una parte como corral de dos patos que han alimentado pero que algún día servirán en su mesa.
Héctor, quien es carretonero, dice que todos los días sale a trabajar con la presión de “arrimar” comida a la familia que de pronto se extendió pero que ha podido encaminar con base en su trabajo de recolectar desechos en la localidad.
A veces recibe ropa, otras ocasiones calzado, también juguetes por parte de sus empleadores, todo lo lleva al hogar marcado con el número 247 de la calle 16 de septiembre y es así como va saliendo adelante.
“(La presión) es de todos los días tengo que arrimar (comida) para mi familia, sino pos’ quién nos ayuda. Como quiera ahí estamos batallando pero ahí vamos saliendo”, señala el adusto hombre que la mayor parte de su vida se ha dedicado a trabajar en un carretón.
La alimentación de los siete menores asciende a los mil 500 semanales, lo cual contrasta con los sueldos de los abuelos, mientras Gabriela gana mil 200 pesos quincenales, Héctor a veces raya los 200 pesos diarios, pero a veces nada.
Han procurado mantener a sus nietos en la escuela, los cinco que están en edad de acudir lo hacen por la tarde. En cada momento les recuerdan que hay que estudiar para salir de la orilla de la vida en que viven, los niños solo escuchan y sonríen.
Los menores son sonrientes, activos y muy buenos conversadores, curiosos también como cualquiera de su edad. Las experiencias por las que han pasado han originado que hablen más de realidades que de fantasías.
“¿Te digo algo? sé que Santa Claus no existe”, susurra Claudia quien su madre murió ahogada junto con su hermano un año mayor que ella.
Entre ellos se describen, son traviesos, jocosos, a veces se pelean entre ellos pero todo eso termina en la noche porque en una cama duermen cuatro personas, en otra cinco, así que no hay espacio para los malentendidos.

‘UN PINO DE VERDAD, WOW!’
A veces resulta tan natural colocar un pino navideño en el hogar, decorarlo y tenerlo ahí a la vista de todos. En ocasiones el encanto de este símbolo decembrino termina con los días o en algunas horas, para estos niños no es así.
Gracias a la cooperación de los empleados de Hora Cero, los menores pudieron tener un pino propio, instalarlo en su casa y encenderlo para sentir la magia de eso que llamamos Navidad.
Emocionados abrieron los paquetes de esferas y diversos adornos, con sumo cuidado sacaron de la caja el pino artificial para comenzar a armarlo con apoyo de los trabajadores de esta empresa que lanzó su campaña “Una Navidad Diferente”.
En familia colocaron a las esferas los hilos para colgarlas en las ramas del árbol artificial, constatando que, a orillas del río, no solo nacen los mezquites sino también los pinos de navidad que dan felicidad.
Los más pequeños no daban crédito, en su corta existencia nunca habían visto algo similar, podría ser hasta que no recordaran la última vez que expresaron emociones decembrinas. Primos y hermanos, familia y empleados de Hora Cero convivieron durante un par de horas.
Cuando el pino quedó debidamente adornado y colocado en el lugar asignado por la familia, en el cuarto que ocupa la cocina y el comedor, las palabras de entusiasmo abundaron.
“Me siento bien porque cuando yo estaba chiquito no sabía que existía Navidad pero como ya estoy grande y tengo un pino me siento feliz”, dice Angel, el más expresivo de la septena.
El “nunca he tenido un pino” ya no existe para los niños, Angel sigue pronunciando palabras como de nubes.
“Siempre quise armar un pino, nomás veía las películas y me daban ganas de hacerlo. Ya lo arme y me sorprendí porque nunca jamás lo había armado, nunca había visto un pino así”, dice.
–¿Qué fue lo que más te gustó de armar el pino?, pregunta el reportero.
–Que colgamos las esferas porque cuando colgué la primera esfera sentí wow! y me impresioné porque nunca lo había tocado.
A uno se le ocurrió comenzar a elaborar la carta a Santa Claus, los demás lo siguieron, entre ellos Claudia que unos momentos atrás había asegurado la inexistencia de ese personaje pero que ahora ya contagiada de la emoción escribió: “Deseo que todos tengamos prosperidad y felicidad… también deseo una Tablet”.

CON EL IMPETU DE SEGUIR
Gabriela también está contenta por el milagro de la unión que alumbró su hogar en ese instante, asegura que nunca había sentido una emoción similar, ahora sus “nietos-hijos” cuentan con un pino el cual habrán de cuidar para colocarlo año con año.
Agradece los obsequios y las despensas que los empleados del Departamento Web de la empresa Hora Cero llevaron hasta su hogar, pero también el tiempo que compartieron con los niños.
“Siento algo muy bonito, nunca había sentido esto. Yo solo les quiero decir a la gente que cuiden a sus familias, que se unan no nada más en estas fechas sino siempre porque la familia es primero”, expresa con los ojos lagrimosos.
Su esposo, Héctor, también aprovecha la oportunidad para decir unas palabras, aunque más duras pero sinceras.
“Este tiempo lo agarra uno para festejar que ya viene un año más donde según va ver más prosperidad, uno quiere prosperar pero esta difícil pero ahí como quiera al pasito ahí vamos, con el mismo ímpetu de seguir adelante”, dice.
Sobre las ramas del pino ya están las cartas a Santa Claus, sin embargo, esa es la punta del iceberg de sorpresas que faltan para esta familia: este 24 de diciembre podrán comer pavo y los niños podrán tener algunos regalos.

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