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Ante el inminente colapso de un sistema que nos ha envuelto a todos por décadas, debemos aceptar que nadie se salva. El impacto es parejo. Cada cambio de era, cada tránsito o transición, entre cada Alfa y cada Omega, entre cada fin y cada nuevo comienzo, y aun entre el infierno y el cielo, hay un “limbo”…algo parecido a un “puente colgante” o una “cuerda floja” sostenida en sus extremos por el pasado y el futuro. Un pasadizo inestable, inseguro e incierto que nos puede llenar de ansiedad por no saber lo que será, o de depresión por no poder soltar lo que ya no es más. Pero también podemos asumir una consciencia plena, enfocarnos en el aquí y el ahora viviendo un día a la vez. Así, entramos en “modo de supervivencia”. Cuando ya no estamos en el lugar de donde venimos, ni hemos llegado a dónde vamos.

Es posible que nos invada una sensación de vulnerabilidad, de impotencia o frustración. Es posible que nos sintamos asustados, amenazados o sobre expuestos, o muy “solos” y desprotegidos…todo es posible….Es posible que nos sintamos irritables y enojados, porque las personas nos enojamos por dos motivos solamente: ya sea porque está pasando algo que no queremos, o porque queremos algo que no está pasando. Pero, todo pasa…y esto también pasará. Y pasará mejor si transitamos sin aturdirnos, sin agobiarnos, sin aferrarnos con uñas y dientes a los apegos obsoletos. Dicen los antropólogos que el hombre primitivo vivió en el Paleolítico, el Mesolítico y el Neolítico, pero que el hombre actual vive en el Ansiolítico….y sin embargo, debemos esforzarnos por mantenerla calma de forma sustentable y humanista, siendo amables con el entorno y con nuestros semejantes. Decía el poeta León Felipe: “Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo porque no es lo que importa llegar solo ni pronto, sino llegar con todos y a tiempo.”.

En tiempos como éstos, nuestra supervivencia depende de nuestra capacidad de adaptación. Para que el proceso de adaptación se active y logremos sobrevivir, debemos volver a lo básico, refugiarnos en lo más elemental, en lo esencial, en nuestros principios y valores más fundamentales, en lo sencillo, en lo simple. Debemos reordenar nuestras prioridades, redefinir nuestros conceptos, reconocer nuestros errores, reparar nuestras fallas y depurar nuestras necesidades materiales y emocionales; para así mantener la serenidad y el equilibrio durante la transición, durante este “viaje a lo desconocido” y evitar el naufragio mientras llegamos a tierra firme.

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