Argentina puede presumir que resucitó a un muerto y que, también, regresó de ultratumba. Sus habilidades paranomales se conocen hasta ahora, porque en dos ocasiones permitió que Francia volviera del más allá, pero, también, estuvo a una jugada de último minuto de dejar ir la copa, que al final obtuvo este domingo en el Mundial de Qatar.
Como guardia de la meta de los chés, El Dibu Martínez, con una atajada providencial, prácticamente le entregó a sus colegionarios el campeonato que se definió en penales, luego de un angustiante empate a tres goles, con anotaciones de los galos in extremis, en tiempo regular y luego en el alargue.
Pero toda esta justa internacional, la primera en un extraño territorio islámico, pasa por Lionel Andrés Messi Couccittini, de 35 años, la máxima figura del balompié universal, que ahora ya tiene su lugar en el panteón junto con Pelé, Maradona y Cruyff.
Sin ser la mejor Selección de la historia, estos chicos se levantaron de la mesa del Café Tortoni, en el Centro de Buenos Aires, para tomar el vuelo a la gloria, con más convicción que futbol, con mucha más determinación que individualidades.
Su estrategia fue, todo el tiempo, dársela al 10. Él sabe qué hacer con la pelota, es el gran distribuidor de la historia. Coloca la pelota donde quiere.
Hay que elevar loas a Lio, que posee cualidades alienígenas para conducir la pelota. Tiene una forma singular para burlar con todo el cuerpo, mientras la pelota está detenida.
Porque eso es lo que hace, este rosarino que ha envejecido como un cisne hermoso, que lanza su último canto en lo que parece ser el último episodio de una carrera mundialista que estaba llena de frustraciones. Estaba habituado a pasearse por la grandeza, pero no a ganar mundiales.
A sus 37, en cada uno de los siete juegos disputados, pidió la pelota para llamar a sus chicos al frente. Cada jugada es como construir castillos de arena que, si no se concretan en gol, son derribados por la marea.
Así lo hacía, con paciencia y tenacidad, hasta hacer que los delanteros anotaran. Incluso, con la batería parpadeando en rojo, sacaba las reservas para inyectar a las piernas más adenosín trifosfato, para bregar los últimos diez minutos de cada partido. Y si se requería sacaba las dagas.
¿Qué mirás, bobo?, es una de las frases que bien representa su espíritu retador. Se le da el balón de oro, junto al privilegio de levantar el trofeo de la FIFA como capitán del barco, acreditado ahora oficialmente como monarca.
Pero que su rúbrica queda por la jugada que cinceló en la semifinal contra Croacia, que su equipo ganó por tres goles sin respuesta.
En el tercero, al minuto 69, Lio cogió la redonda por el lado de la derecha, cerca del medio campo. Se subió a la moto, mientras era perseguido por Gvardiol, un gigante enmascarado que le saca medio metro y que le iba viendo el número, mientras le tiraba manotazos desesperados, buscando contenerlo.
Pero La Pulga no se detenía y sacaba sus mejores trucos, haciendo juegos de cintura, hasta llegar a la línea y sacar una suave diagonal para entregarle el regalo del gol a Álvarez, que simplemente la empujó a la red.
Ahora, la nación más austral del hemisferio americano puede presumir tres campeonatos, en 78, 86 y ahora en el 22. Lejos está aquella hazaña de Maradona en el Estadio Azteca que, como Messi, guió a su equipo y a su país a una de las más grandes gestas en la historia de los mundiales, al derrotar a la portentosa selección alemana, fiera como las tribus germánicas que les dieron destino en la antigüedad.
Messi también tuvo que sufrirla ahora. Pero con magníficos gestos técnicos, demostró de lo que está hecho un líder, que va saltando sobre obstáculos consecutivos, hasta llevar a sus hordas a coronar la más alta de las cumbres, la de la inmortalidad.
Cuando los amanuenses que llevan la crónica de los días inolvidables, estaban por escribir con hilos de oro el nombre de Francia, que había tomado de un manotazo un trofeo que no merecían, Messi derribó la puerta de un puntapié, para reclamar lo que sí era suyo.
Tuvo que recomponer un mito, que estaba por ser destruido por Kylian Mbappé, otro guerrero portentoso que con su triplete los hizo sudar hasta la extenuación.
Ataviado con una vaporosa capa de emir, recibió el trofeo de oro Copa del Mundo de la FIFA, de 6 kilos de peso, con base de malaquita preciosa. La escultura de la presea es de dos figuras que sostienen el planeta.
Una es Maradona y la otra Messi, uno el rey y el otro el heredero.
Messi levantó el galardón al tiempo que el reloj de arena de la historia daba vuelta, para iniciar la larga cuenta de cuatro años del nuevo ciclo mundialista.


