Hoy que sumo un año más a mi vida me proyecto y me pregunto: ¿si no fuera periodista y no tuviera dos pequeños hijos, qué estaría haciendo a un escalón de llegar a mis seis décadas? Tal vez cuidaría nietos que aún no tengo; asistiría a un club de pre jubilados a jugar dominó, cartas o billar; por las tardes me sentaría en la banca de una plaza, o en la cafetería de un centro comercial, a ver gente pasar, y esperar recibir un mensaje en mi celular de alguien que se acordó de mi; tal vez pasaría horas frente al televisor buscando videos de la música que de joven me hizo bailar en las discos; quizá pondría a prueba mi condición física, mis piernas y mis rodillas caminando, en fríos o calurosos amaneceres, en un parque arbolado escuchando el viento rozar el follaje de los árboles; o tomaría en mis manos uno de los libros que no pude leer ni el prólogo por mis días de trabajo que nunca tuvieron 24 horas. Pero con dos hijos que Dios me envió ya grande, me veo llevándolos de la mano por el camino del bien muchos años. ¿Cuántos? Los que Él quiera. Confío en su generosidad, pero más en su abundancia.
Mientras tanto cumplí un año más y cada día quiero que no se acabe para convivir con ellos. Cada mañana de colegio de Héctor Hugo, y de guardería de Marco Sebastián, Paola y yo nos convertimos en un eficiente equipo. Yo me encargo de bañarlos cuando el cansancio por jugar en el parque los venció, y Paola escoge la ropa, los viste y los peina. Ya en la cocina preparó el desayuno y el lonche que Héctor Hugo llevará al colegio. “La torta del Chavo” es su favorito. Con Marco Sebastián no hay exigencia. Desayunará en la guardería siempre y cuando llegue antes de las ocho y quince. Desde que nacieron trato de acomodar mis compromisos de trabajo en desayunos, pues si tengo una comida fuera de casa los dos preguntan: ¿dónde está mi papá?, ¿a dónde fue? Cuando salimos a un restaurante el fin de semana se escucha en el trayecto: ¿a dónde vamos a comer? Y sugieren las pizzas de Señor Bigotes, de Big Slice o Pizza Studio; Pollo Loco o Kentucky y, obviamente, McDonald’s. La casa y el carro es una constante arena de lucha libre donde Paola se convierte en una réferi neutral. En el balance de los daños Héctor Hugo va perdiendo. Un día el rudo Marco Sebastián le puso un ojo hinchado y morado con un minion de duro plástico que salió como torpedo de su mano. La verdad, al ver esa escena, no pude disimular reír, aunque después fui enérgico, y ya no hemos visto volar esos simpáticos y amarillos personajes. En este último año también disfruto las vacaciones en familia en el mar o en la montaña cuando vamos a las cabañas; a bordo de un avión o sobre ruedas en carretera con viajes que parecen interminables. No dudo que cuando sean grandes seguirán los pasos de sus papás y de su hermana Andrea: serán incansables aventureros, cruzarán fronteras, ríos, cordilleras y océanos para ir a otros mundos y conocer su cultura. Dios, dame la fuerza y la salud para con Paola acompañarlos. Dame ese regalo los cumpleaños venideros. No te pido más.


