En Monterrey, los aficionados de Tigres y Rayados vemos el Clásico Regio como el más pasional del país, el más prendido, el que más emociones concita. Tenemos nuestras razones que, seguramente, no todos entenderán porque, fuera de aquí, algunos argumentos que presentamos parecen absurdos.
Sé que el Clásico Nacional de Águilas y Chivas es el que más seguidores tiene. Los dos equipos son los que tienen más hinchada en todo México, aunque debo decir, también, que una porción enorme de la base de fans de esos clubes se encuentra fuera de sus estados, CDMX y Guadalajara. Un sector importante de la afición de los dos equipos vive su derbi a distancia y por televisión.
En la fase de semifinales de este torneo Clausura 2023 se ha dado una circunstancia insólita, pues las dos llaves son las de los clásicos más relevantes de los últimos años en el país. Radicado en Monterrey, y como seguidor de Tigres que soy, me di a la tarea de hacer una encuesta informal entre amigos que siguen al rebaño y a los emplumados, para preguntarles porqué se molestan que en regiópolis vivamos nuestro juego fraternal con una pasión que les resulta chocante.
Aunque las respuestas son diversas, todas conducen a lo mismo: les molesta que los regios no se den cuenta de que su juego local es intrascendente en la escala patria.
Uno de ellos, mexicano que vive en España, ferviente seguidor del América, me hace el comparativo con el Real Madrid – Barcelona que es uno de los derbis más importantes, no solo de aquel país si no del mundo. Es el juego que más emociones concita en la Madre Patria. En cambio, hay otro de rivalidad local, Betis – Sevilla, el Derbi Sevillano o, como ellos le llaman, el Gran Berbi, que genera gran expectación en la región autónoma de Andalucía, al sur de la nación. Sin embargo, no llama la atención de nadie más de la apasionada fanaticada ibérica.
Me dice que es más o menos lo que pasa con el clásico regional del norte de México, que solo importa a Nuevo León, aunque los que ahí residen se empeñan en escalar artificiosamente, dice, una rivalidad que es intrascendente en otras latitudes.
Otro aficionado, este chiva, me dice que los regios se sienten tan importantes por su industria e inversionistas, que se ciegan ante las dimensiones de sus representativos de futbol, que tienen seguidores solo en su localidad. No son, como algunos ahí han querido hacer suponer, organizaciones en expansión que conquistarán aficiones y mercados de otras entidades federativas de México. La arrogancia del regiomontano emprendedor, que vive en el estado donde se concentran los grandes capitales del país, le mueve a fantasear con un impacto mayor de su Clásico Norteño, que el que tiene en la realidad, sentencia mi chivahermano.
Uno más, del rebaño, también me dice lo que es muy evidente, que después del Clásico Nacional, están por ahí, más trascendentes el Clásico capitalino de América – Pumas y el Clásico Joven, de los aguiluchos con el Cruz Azul. Y después sigue el de los regios, emparejado con el tapatío de Guadalajara – Atlas.
Es cuestión de cantidad de seguidores, me dice, no se comparan en nada. De toda la masa de clientes del futbol mexicano, se reparten la mitad Guadalajara y América, mientras Tigres y Rayados, juntos, apenas alcanzan, si acaso, un 12% del pastel, pero debajo de Pumas y Cruz Azul.
De cualquier manera, la afición del futbol en Monterrey vive cada semestre su clásico como su propia final de liga. En los últimos años, cuando albiazules y auriazules han tomado liderazgo por sus buenas actuaciones, los enfrentamientos en la Liguilla hacen estos juegos una delicia de gourmet para los regios. Y es un gusto que no se nos quita, independientemente de la indiferencia del Centro y de los reproches que pueda provocar que no nos demos cuenta de la dimensión verdadera del juego entre hermanos, en la patria chica en esta parte alta del país.


