Mi relación con la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UANL comenzó un par de años antes de fuera su estudiante.
Era el verano de 1986 cuando junto a mis padres visitamos la escuela elegida por mi hermana mayor para formarse profesionalmente. De ese viaje, lo que más recuerdo fueron los salones portátiles que evidenciaban una obra en construcción, y la majestuosa vista de las montañas que de a poco fueron seccionadas para cimentar a la escuela que a muchos nos transformó la vida.
Dos años después, ya con más edificios completados, la facultad me recibió como uno de los pocos alumnos foráneos que en ese tiempo aceptaba. La mañana de inscripciones, la fila de aspirantes no formados en Nuevo León era de cientos y con apenas una decena de matrículas disponibles, nos dijo varias veces la siempre energética maestra Nancy Quintanilla, quien en ese tiempo además de enseñar coordinada lo administrativo.
Mientras esperábamos la revisión de la papelería, la rubia jalisciense delante de mí me contó, con un dejo de soberbia, ser hija de un general de división, lo que la hacía confiar en que aseguraría un lugar en una de las que en ese tiempo era de las pocas universidades públicas en México con un programa de ciencias de la comunicación. La rubia jalisciense no se inscribió.
Desde el primer semestre, la facultad fue generosa conmigo al ofrecerme grandes maestros de los que aprendí mucho, no solo en lo académico. En el segundo semestre, el maestro Juan Mario Gámez Cruz nos alentó a buscar oportunidades lo más pronto posible a manera de avanzar en lo profesional como en lo escolar. “Jalen cables, saquen copias, lo importante es que desde ya vayan conociendo y los vayan conociendo. Quiero que se gradúen con tres años de experiencia profesional”, nos dijo.
Algunos hicimos caso, y a finales de mi segundo semestre, en 1989, publiqué mi primera nota en la sección deportiva del periódico ABC, a donde llegué como practicante gracias a una cadena de conversaciones y referencias, primero con el ya fallecido maestro Francisco “Paco” Salazar y después con el siempre amable maestro José Luis Esquivel. El entusiasmo por la fotografía del maestro Jesús Guerra Chavero fue clave para que, en la oscuridad del cuarto de revelado e impresión, yo descubriera lo que hasta hoy es una de mis pasiones.
Ya en la especialidad, las poderosas lecciones de periodismo, de vida y de honestidad que recibí del legendario maestro Silvino Jaramillo fueron esenciales para la construcción de mi identidad profesional. Acompañado por entrañables compañeros de clase como el brillante Celso José Garza, la facultad nos moldeó como periodistas, una clase a la vez.
Afortunadamente, como estudiante también tuve la oportunidad de pagarle un poco a la facultad lo que hizo conmigo y por mí. Tras muchas tardes ardientes de sofocantes entrenamientos en unas canchas desniveladas, fuimos el primer equipo de basquetbol varonil en ganar un torneo intra universitario, que, acompañado por nuestras participaciones adicionales en eventos individuales de atletismo y el campeonato femenil también de basquetbol, colocamos a la FCC en quinto lugar general por puntos, algo nunca alcanzado hasta entonces en la historia deportiva de la escuela.
Como periodista, he recibido premios en Canadá y Estados Unidos. Eso también es un logro de la facultad que me dio las herramientas para construir mi carrera y mi vida.
Soy lo que soy gracias a la UANL y a la facultad de ciencias de la comunicación, y por ese amor, agradecimiento y deuda de gratitud permanente que le tengo, me indigna saber en lo que malos maestros, terribles políticos y despreciables oportunistas gangsteriles han convertido a nuestra escuela; y peor aún, en lo que pueden convertir a las jóvenes mentes que llegan a sus aulas con la esperanza de educación, progreso y cambio.
Nuestra facultad no se merece esto.
Horacio Nájera es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UANL y maestrías en las Universidades de Toronto y York. Acumula 30 años de experiencia en periodismo y ha sido premiado en Estados Unidos y Canadá.

