A veces es más útil ser ejemplar que funcional.
Ocurre con los líderes que pueden haber envejecido y, aún con las facultades menguadas, deben dar paso a los jóvenes que pueden hacer mejor el trabajo. Pero nunca dejan de aportar su cuota de pundonor para suplir con garra la disminución de la masa muscular o el fuelle de los pulmones.
Sergio Ramos resultó lesionado en el partido que Rayados ganó 1-0 a Santos, el pasado sábado 27. Era el minuto 95 y el defensa de los guerreros, Anthony Lozano, le dio un patadón en la cabeza que provocó su expulsión. Fue dramática la imagen de la frente del zaguero enrojecida por la sangre de la cortada.
El partido ya estaba resuelto. No era necesario que el defensa español siguiera. De hecho, lo recomendable sería que se hubiera retirado a las duchas para atenderse la cortada que le dejó en la ceja el golpe, que se ve accidental.
En lugar de eso, el número 93 de la Pandilla optó por el vendaje paliativo. Pidió a los médicos que taponaran la lesión con una gasa y pusieran sobre ella tiras negras elásticas. El partido agonizaba, quedaban escasos minutos, el equipo visitante ya estaba entregado. Pero el sevillano demandó su reingreso, para cumplir lo que quedaba del compromiso.
Puede tener detractores, como la mayoría de las personas que brillan por importancia, pero su regreso a la actividad esa noche le ganó respeto. Habíase visto que al inicio del partido, cuando fueron presentados todos los jugadores en el estadio, hubo una silbatina de reproche a Sergio, por el penal que falló en la goliza que sufrió el equipo la jornada anterior. Hasta él mismo debe reconocer que se excedió en confianza y soberbia al cobrar a lo Panenka y entregarlo a las manos del arquero.
Pero todos sus pecados fueron lavados con esa hombrada de volver herido a la batalla. Demuestra Ramos muy bien su lugar en el multimillonario negocio del futbol. Sabe que de él dependen ingresos, patrocinios, imagen, fama, noticias, titulares en los diarios. Es muy consciente de la millonada que ha invertido Rayados en él, y se esmera por desquitarlo.
El cliché del lesionado que juega con dolencias es Franz Beckenbauer, el capitán del seleccionado alemán que, en la Copa de México 70, con el hombro luxado, un cabestrillo, siguió en la batalla para arengar a la tropa que finalmente sucumbió ante Italia. Pero ahí estuvo, sobreponiéndose al tormento, dueño pleno de su liderazgo inspirador.
No por nada ha llegado Ramos muy lejos en la escena mundial como jugador de élite, campeón del mundo con España en el Mundial del 2010. Hay quien dice que está en México como un jugador retirado que regresa. Yo lo veo en muy buena forma, comprometido y con hambre todavía de obtener logros aún mayores.
Si Monterrey consigue algo relevante en el presente año futbolístico, va a ser en gran parte por el empuje que le ha dado al conjunto Ramos, que con esos gestos, como el de regresar aún lesionado, asume la responsabilidad y el peso del protagonismo. No cualquiera.


