Volví a ver esta semana el mismo temor en los ojos de dueños de restaurantes y hermanos que trabajan por horas; no es paranoia, es realidad. Donald Trump llegó de nuevo a la Casa Blanca con la consigna de “recuperar el control” y, promesa por promesa, su administración está avanzando: redadas, retenes y operativos que no eran vistos con esta intensidad desde hace años.
Eso, en lo político, es cumplimiento. En lo humano y económico, es desastre. En McAllen, en Mission y en áreas más chicas del Valle de Texas, muchos negocios ya sienten la falta de empleados: restaurantes que no abren turnos, contratistas que paran obras, tiendas que no alcanzan a cubrir la demanda. La mano de obra latina ha sido el motor silencioso de nuestra economía local durante décadas; quitarle su ritmo descompasa todo lo demás.
Mucha gente votó pensando en más empleos y mejorar su bolsillo. Hoy, esos mismos votantes se topan con la realidad; sin trabajadores no hay crecimiento. Suben los costos, cae la productividad y se cierne la incertidumbre. No es una cuestión de ideologías solamente, es que cuando faltan manos, el negocio se detiene y la cuenta no cuadra.
Y lo peor —créeme que lo he escuchado en cada área donde entro— es que esto apenas comienza. Faltan muchos meses por delante y, si las redadas continúan con este ritmo, el golpe será más profundo. Veremos cadenas de pequeños cierres, más turnos cancelados y familias que pasarán por la división que siempre trae una deportación.
Estados Unidos puede tener fronteras fuertes, pero también necesita políticas que no destruyan lo que le permite producir, la fuerza laboral, la diversidad y la confianza. No se trata de elegir entre seguridad y economía como si fueran cosas aisladas; se trata de entender que una afecta a la otra.
Si no ajustamos el rumbo, los titulares seguirán hablando de operativos… y la caja registradora seguirá sonando más vacía.


