Cuestión de formas

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En 1984 Diego Maradona llegó al Nápoles, de Italia. En 1991 fue pillado drogándose. La liga italiana lo suspendió 15 meses, y el equipo tuvo que cortarlo. El jugador que era venerado como un Dios fue dado de baja por la organización a la que había encumbrado. Había ganado dos copas de la Serie A, pero el dueño de la institución Corrado Ferlaino, así como lo firmó, tuvo que echarlo. Era un activo demasiado costoso para mantenerlo parado.

Independientemente de los homenajes, el 10 se tenía que ir. Las acusaciones eran demasiado pesadas para el buen nombre de cualquier equipo. La decisión fue dolorosa, pero adecuada.

Pienso en Diego ahora que se fue de Tigres Javier Aquino. Aclaración oportuna: no puede haber comparación en ningún caso con lo que le pasó a Maradona en su trayectoria como futbolista, pues su brillo era de un súper nova, como nadie más ha vuelto a relumbrar en la escena internacional. Me refiero a las formas y a las consecuencias entre uno y otro profesionales.

En diciembre Tigres sufrió una decepción terrible, al perder en penales contra Toluca el campeonato del torneo Apertura 2025. Tras la dolorosa derrota, Aquino publicó un video en sus redes en el que señalaba que fue notificado por la directiva de Tigres que estaba fuera de la institución. Con lágrimas, el de Oaxaca, se quejó de desdeño de los jerarcas del club. Dijo que no había sido avisado, que le parecía injusta su salida y que estaba espiritualmente ardido, pues había entregado todo por el equipo.

Cuando se apagaron los ruidos de toda la polémica generada, principalmente al interior de la patria felina, por este episodio, se pudo ver, con claridad, que Aquino simplemente ya no era de utilidad al entrenador Guido Pizarro. Las piezas del ajedrez se habían movido. Aquino y todos en el futbol saben que la habilidad y los reflejos tienen fecha de caducidad. La nueva camada viene empujando fuerte.

Las decisiones dolorosas son parte de la función gerencial. Me recuerda al caso, no muy lejano en el tiempo, de un equipo de béisbol muy exitoso que mantenía a un jonronero simplemente porque era popular entre los niños. Pero había dejado de rendir frutos en el diamante, y tuvo que irse, pese a los reclamos de la afición que todavía lo quería. Lo cierto es que evidenciaba un marcado rendimiento a la baja.

Aquino debe saber, luego de casi dos décadas en el negocio, que todos quieren jugar, pero solo hay espacio para 11 en la cancha. Cada jugador quiere seguir para siempre en el club que le paga millones de pesos al mes, pero hay otros que pasarán a ocupar el lugar, porque lo hacen mejor. Cuando Aquino sea entrenador, enfrentará reclamos similares al que ahora hace público. También se le enfadarán jugadores que no son tomados en cuenta. No hay que reprocharle nada a Pizarro o al presidente Mauricio Culebro, por tomar esas decisiones ejecutivas. Se deben emprender las acciones pertinentes, por el bien del conjunto. A veces hay ordenes que se dan y que lastiman a algunos, pero son necesarias.

Tigres se encuentra en una etapa de reestructuración permanente. No ha encontrado aún su plantilla base, en tiempos en que los héroes veteranos comienzan a evidenciar cansancio y deben ser reemplazados por la imparable fuerza de la juventud. Pero parece que van por el sendero correcto. Un subcampeonato lo rubrica.

Es un ciclo de renacimiento permanente por el que todos los clubes y jugadores deben pasar.

Es algo que todos los involucrados deben saber.

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