Durante esta semana, en la clase de ciencias de 5° año, el tema fue el sistema solar. Ayer, por ser viernes, decidí ponerles a mis alumnos un video de esos que se encuentran fácilmente en la página web de la NASA. El video consistía en un compendio de imágenes maravillosas captadas por las sondas, las estaciones, los telescopios espaciales como el Keppler, el Webb y el Hubble y por supuesto por los astronautas mismos; así que apagué las luces del salón y encendí el proyector para luego ir a pararme al fondo del aula, desde donde, recargada contra la pared me puse a ver la presentación. Aquellas imágenes iban apareciendo una a una, automáticamente, en una presentación con diapositivas sin más audio que un fondo de música New Age, suave, casi sideral o celestial.
Apareció entonces en la pantalla eso que podríamos llamar una “selfie”: una imagen magnífica de nuestro planeta la Tierra, captada desde el espacio por la lente de un objeto terrestre. ¡Cuánta belleza y casi un milagro! Ahí está, el único planeta hasta ahora conocido, con las condiciones exactas y en el lugar preciso, en esa inmensa y a la vez minúscula “zona habitable” con características únicas para albergar vida en toda su diversidad.
Cuentan que, cuando los astronautas miran la Tierra desde el espacio, desde esa increíble perspectiva, experimentan una sensación sobrecogedora llena de cuestionamientos y pensamientos existenciales, como de sentimientos y emociones encontradas. Suspiré. En ese momento sentí algo así: asombro, soledad, dudas y certezas por igual sobre el por qué y el para qué de la existencia y de la conciencia. Todo se perfila tan claro como absurdo a la vez.
Mirando esa imagen, no pude evitar pensar en los recientes acontecimientos mundiales. ¿Qué hemos hecho? ¿Qué estamos haciendo? Resulta tan extraño que la humanidad, esa especie de la que todos somos parte por un tiempo ridículamente breve en términos universales, haya complicado tanto eso que nos ha sido dado con cosas como las religiones, la política y la economía, inundando un sistema perfecto con sistemas imperfectos y casi siempre fallidos una y otra vez a lo largo de la historia, como si nos empeñáramos en convertir el paraíso en un infierno; como jinetes apocalípticos provocando a galope el hambre, la guerra, la peste y la muerte.
Y sin embargo, ahí estamos todos, girando sobre nuestro eje y orbitando alrededor de nuestra estrella, una enana amarilla de mediana edad a la que llamamos Sol y contemplando por las noches una misma luna llamada Selene que siempre nos da la misma cara. Ahí estamos, -como alguna vez dijo Carl Sagan- en una galaxia que contiene más de cien billones de estrellas. Una galaxia llamada Vía Láctea entre un trillón de galaxias contenidas en el universo observable.
Los niños vieron con atención y en silencio la presentación y, cuando ésta terminó encendí la luz del salón. Parecía que recién habíamos aterrizado luego de un breve viaje por el espacio. Volvió el bullicio, sonó la campana y se prepararon para irse a casa…quizás con una nueva aunque incipiente perspectiva de nuestro lugar en el espacio y en el tiempo.


