Parece que el Mundial 2026 es como la fiesta en el palacio real: los plebeyos miserables, desde la banqueta del exterior, ven entrar a los nobles en lujosos carruajes con caras ropas. Y al final del festejo, esa gente del pueblo se reúne en la parte trasera del palacio, para hurgar entre las sobras de la comida que los sirvientes tiran cuando se van los invitados.
¿Qué ha pasado con el futbol? ¿En qué se ha convertido la FIFA? El costo más barato para ver un partido de la fase de grupos de la competencia que inicia en junio, es más o menos, de 2,200 pesos mexicanos. Irán vs Nueva Zelanda, en Los Ángeles, se ajusta a esa oferta. El boleto más caro es de 188 mil pesos para la Gran Final en Nueva Jersey. Los pases de estacionamiento se cotizan en 3,500 pesos.
Las entradas para ver el año pasado a Paul McCartney en el Estadio Monterrey estaban en 1,200. En Boston, el partido entre Escocia y Haití, sumidos en el ranking mundial, en la sección más económica, costará 11,000 pesos, algo así como diez veces más que el show del más prestigioso músico vivo en toda la historia.
Parece que la FIFA en esta ocasión se ha extralimitado en el poder que tiene sobre el futbol a nivel internacional. La fanaticada le ha dado demasiada libertad a Gianni Infantino, que ha construido un enorme espectáculo VIP; el Secretario General excluirá a la base de seguidores del futbol a nivel mundial, para entregarlo a las élites y a la clase pudiente, que son las únicas que podrán acceder a los juegos en vivo.
La justa planetaria que organizan México, Estados Unidos y Canadá, se convertirá en el más grande espectáculo deportivo del presente año. En un planeta de 8 mil millones, 1,500 se reunirán frente a un monitor para ver su juego final.
Financiar el show cuesta miles de millones de dólares. Pero las ganancias que obtendrá el comité organizador será de una cantidad que excederá con creces la inversión. Y no necesariamente le reportará grandes tajadas a los países anfitriones.
De acuerdo al portal Bein Sports, hay un salto descomunal en los costos logísticos del torneo, en el transcurso de los pasados 20 años. Alemania 2006 requirió 6,200 mdd; se estima que el del 2026 cueste 12,000. Nadie niega que los gastos en estadios, infraestructura y logística son descomunales. Pero ninguna cantidad va a representar un estrés en las finanzas de la Federación Internacional de Futbol Asociación, que cada año se embolsa carretadas de oro por derechos de transmisión, patrocinios, entradas y demás tributos que debe rendirle puntualmente cada uno de los más de 200 países afiliados, donde se juegan ligas nacionales, torneos regionales, competencias entre naciones.
¿Por qué, entonces, no se formatea el espectáculo del balón con un esquema de menos ganancias para los inversionistas? De esta forma, la única tal vez, los seguidores del futbol, lo que realmente mantienen vivo el deporte, podrían acudir a los partidos.
Parece un milagro, lo que hizo la ciudad de Nueva York al rifar mil boletos entre sus ciudadanos para que el ganador solo deba desembolsar 50 dólares, más o menos unos 800 pesos, para estar como jubiloso testigo en el evento histórico. Se agradece el esfuerzo del alcalde Zohran Mamdani, pero es un caso único y sin replicantes.
Lo que ocurrirá en esta justa internacional consolida la inercia en los últimos años: la FIFA se ha convertido en un corporativo transnacional propietario exclusivo del futbol organizado, que ha deformado el juego a nivel profesional en un espectáculo exclusivo para clientes con desahogo pecuniario; en estas condiciones, el lumpen, el súbdito, el proletario, el pobre, el humilde, el jornalero, sin sistema de TV de paga, solo podrá ver a los juegos del Mundial través de una fría pantalla de televisión… siempre y cuando el partido sea transmitido por señal abierta.
¿Para quién es el Mundial?


