El balón me pertenece

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Frente al televisor comencé a seguir esta temporada de futbol internacional con algo de nostalgia.

Si me aproximara a un estadio, vería el juego a la distancia, detrás de la alambrada, porque no me dejaron ingresar al graderío. Los precios exorbitantes de los boletos en este Mundial me hicieron reconsiderar mi afición indeclinable. Gente de pantalón largo ha llevado el balón lejos de los seguidores verdaderos. Lo que antes era una pasión en la que vibrábamos unidos, ahora es un show elaborado para el disfrute de los pudientes.

Pero no me he dejado derrotar. En medio de toda la decepción, también confirmo que el querido balón es nuestro, no de los jerarcas de la FIFA. Durante años, décadas, un siglo, desde mucho antes de que se vendieran tickets on line, hemos sido la clase trabajadora, los jugadores de los llanos, los que hemos mantenido encendido el pebetero futbolero con llamas arrebatadas, nunca menguantes.

Por más que hayan convertido esta copa del mundo en un desfile exótico, como pasarela para catrines de levita, puedo sentir los partidos metiéndoseme en la sangre con una pasión que me llama, porque mi corazón nunca ha dejado de perseguir la pelota.

He necesitado reponerme a la congoja inicial para reencontrarme con la certeza de que el futbol me ha pertenecido desde siempre. No se trata de condenar la felicidad de aquellos que han podido presenciar los partidos; allá ellos y benditas sus posibilidades. Vindico mi afición desde cualquier rincón del planeta donde me encuentro, porque nadie me va a quitar la delicia de disfrutar un buen juego.

Me basta seguir un partido, aunque sea a través de la fría pantalla del plasma, para apreciar el valor filosófico del futbol, idéntico al juego de la vida, con todo y sus incidentes maravillosamente sorpresivos; para revalorar los activos emocionales que poseo para involucrarme en la convivencia social que he aprendido en victorias y derrotas y, sobre todo, para aquilatar en su ancha dimensión la belleza plástica de la dinámica en la cancha. Un pique por la banda derecha, un balón dormido con el pecho, el vuelo agónico del arquero en el gol, una triangulación para ingresar al área, son estampas de maravillosa riqueza estética que podrían ser plasmadas como piezas de admiración en cualquier museo de arte contemporáneo.

Porque el futbol late en mí, con el mismo ritmo del sistema vascular; porque encuentro en sus entrañas de césped una de las expresiones humanas más bellas, con una mezcla de pasión, intensidad y deleite visual incontrastable. Me ha sido dado vivir en tiempos complicados para el balompié, por la intromisión de muchas manos que lo han reconvertido en una factoría de dólares y euros, pero por voluntad regreso a su esencia. Lo he jugado de chico y lo admiro de grande, y ninguna alza tarifaria, ningún sistema de transmisión de paga, ningún veto a la clase trabajadora, disminuirá el gusto que me provoca encontrarme en estos días con la copa de naciones, con los mejores jugadores del orbe y duelazos con calidad de clase platino.

Mi futbol siempre me da esperanza.

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