La destrucción del planeta

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Recientemente se estrenó el documental Shifting Baselines (Horizontes Perdidos), dirigido por Julien Elie, y con ello emerge la pregunta de ¿hasta dónde llegará el proyecto demencial de destruir la tierra, someter a sus habitantes y borrar la memoria de la humanidad en aras de la conquista espacial y de manera concreta, ir a Marte para colonizarlo con una población de élite cuyo primer filtro será la aportación de mil millones de dólares?

Filmado con estricto rigor, en blanco y negro para exaltar más el dramatismo de la destrucción que ha provocado la estación espacial de Elon Musk en Boca Chica, Texas, obliga al espectador a sustraerse de los avances tecnológicos para adentrarse en la reflexión política: ¿vale la pena tanta destrucción de lo que en este momento existe para alimentar un sueño megalomano? ¿Está tan obnubilada la razón de los magnates, que olvidan su esencia humana?

Esta parece ser una versión maximizada de la explotación de la madre tierra a la que se agobia con el agotamiento de los recursos que ha puesto al servicio de la vida, superando con mucho su capacidad de regeneración. Tal parece que se destruirá a la Tierra para que el nuevo pueblo escogido vaya a vivir en el siguiente planeta. Comenzará una nueva historia con una prolongada etapa de barbarie en la que los grandes se comerán a los chicos, como fue en un principio antes de la civilización y la cultura.

Este proyecto concreto, Space Exploration Technologies Corp., conocido como SpaceX, es una empresa privada de fabricación aeroespacial y de servicios de transporte fundada en 2002 por Elon Musk con el objetivo de reducir los costos de viajar al espacio y facilitar la colonización de Marte. SpaceX ha desarrollado varios vehículos de lanzamiento, la constelación Starlink, la nave de carga Dragon y llevado astronautas a la Estación Espacial Internacional en la Dragon.

Pero, ese es el cerebro, la matriz; el resto se expande por todo el planeta en busca de los minerales, las tierras raras, los insumos y los componentes que permitan la construcción, operación y desplazamiento de los gigantescos cohetes. Como la idea es concretar la llegada a Marte en el más breve plazo, no importa cómo se consigan todos los elementos necesarios. Puede ser por la buena, que siempre será mala porque van a comprar a los precios que ellos fijen, o, por la peor, con la guerra.

Como antes sucedió con América, la posesión de Marte será del primero que llegue y, así, con la propiedad de un planeta entero, los caudales de Musk y su pandilla dejarán de ser significativos por haber acumulado un trillón (un millón de millones) de dólares. Sus arcas y riquezas serán infinitos. Más allá de lo que es posible imaginar a la mente humana, quizá por ello están requiriendo de la inteligencia artificial.

Dice al respecto el Centro de Reflexión y Creación Artística que: “El capitalismo espacial no reemplaza al extractivismo terrestre, lo amplifica. La economía de los datos, la minería de minerales estratégicos, las plataformas digitales, los satélites de comunicación y la exploración interplanetaria forman parte de un mismo horizonte económico”. Luego señala que: “Lo que cambia no es la lógica de extracción, cambian las escalas”.

El cortometraje que pronto estará disponible en plataformas progresistas, viene a desplazar la discusión desde la ingeniería hacia la ética, no pregunta únicamente si podremos vivir algún día en Marte, pregunta quién podrá seguir viviendo en la Tierra. Julien Elie propone observar aquello que desaparece mientras todos contemplan el cielo. El severo daño causado a la costa sur de Texas, cuyas autoridades se han mostrado muy complacientes, y el norte del litoral tamaulipeco, es irreparable.

Por ello, “Shifting Baselines es una meditación visual sobre el costo invisible del progreso, una crítica a las narrativas que presentan la tecnología como un destino inevitable y una advertencia sobre el riesgo de convertir la imaginación del futuro en un mecanismo para olvidar el presente. Su fuerza radica en recordarnos que toda conquista comienza por una pérdida, y que antes de imaginar otros mundos conviene preguntarnos qué mundo estamos dejando de habitar”.

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