Querido lector, ayer sábado mi hija Monserrat me compartió que, por fin, había llegado vía correo su visa española de estudiante.
Fue una noticia que esperábamos desde hacía días, en realidad desde hacía meses, aunque si soy completamente honesto tendría que decir que la esperábamos desde hace más de dos años. Porque los grandes proyectos, como el buen arroz, no se improvisan: se cocinan gradualmente a fuego lento. Confieso que sentí un júbilo muy especial.
No era únicamente la satisfacción de saber que un trámite había concluido favorablemente. Era la emoción de contemplar cómo un sueño que durante tanto tiempo existió solamente en conversaciones familiares, en documentos, en desvelos y en esperanza, de pronto adquiría la textura de la realidad.
Y, sin embargo, mientras celebrábamos la noticia, apareció una idea que comenzó a rondarme con una insistencia casi filosófica. Monserrat estará varios años estudiando al otro lado del Atlántico. Fue entonces cuando comprendí que no estaba pensando en kilómetros, estaba pensando en tiempo. Porque la verdadera distancia entre dos personas nunca se mide en kilómetros, se mide en el número de momentos que dejarán de compartirse cotidianamente.
Todo esto me lleva a expresarte con gusto, apreciado lector, un extraordinario sinécdoque que me hace feliz: España autorizó a mi hija que puede estudiar en su territorio.
Naturalmente no fue España como entidad abstracta quien estampó el documento. Pero me encanta la hipérbole. Obviamente lo hizo una autoridad consular, pero qué hermosa figura literaria resulta condensar en una sola palabra todo un país, una cultura y una oportunidad de vida.
Quizá por eso, al caer la noche, recordé uno de los pasajes más luminosos que he encontrado en las páginas de “Aprender a Fluir”, de Mihaly Csikszentmihalyi.
El autor explica que la ciencia ha intentado calcular cuánto puede procesar nuestra conciencia.
Durante un instante apenas somos capaces de atender unas cuantas señales; cada segundo nuestra mente administra una cantidad sorprendentemente pequeña de información y, haciendo un ejercicio matemático, concluye que una persona que viva setenta años permanezca despierta dieciséis horas al día y aproveche al máximo su capacidad de atención, apenas llegará a procesar alrededor de ciento ochenta y cinco mil millones de bits de información.
Ya sé que la cifra parece gigantesca, pero no lo es. Porque esos ciento ochenta y cinco mil millones de bits no representan solamente datos. Representan absolutamente todo lo que alcanzaremos a vivir.
Cada abrazo con mis hijos, cada conversación con las personas que quiero, cada libro leído, cada vivencia, cada lágrima, cada carcajada, cada beso y más que eso, cada despedida, cada decisión importante, cada recuerdo que un día contará quiénes fuimos.
Y motivado por saber que mi hija Monserrat estará lejos por un buen tiempo, entonces comprendí algo que nunca había visto con tanta claridad. La atención es tiempo de vida. Aquello a lo que prestamos atención no ocupa únicamente unos segundos de nuestro reloj; ocupa un espacio irremplazable dentro de nuestra existencia. Vivimos exactamente aquello en lo que decidimos poner la conciencia.
Mientras escribo estas líneas, millones de acontecimientos ocurren simultáneamente en el planeta. Hoy con la infodemia a la que las redes sociales nos llevan inexorablemente sabemos a detalle que nacen niños, mueren ancianos, alguien descubre una vacuna, otro encuentra el amor, hay guerras, conciertos, tormentas y reconciliaciones.
Sin embargo, de toda esa inmensidad, mi conciencia apenas puede abrazar una diminuta porción y no me interesa saberlo todo, la saturación informativa me indigesta.
Pero ayer mi conciencia eligió abrazar la sonrisa de Monserrat sosteniendo una visa. Tal vez esa sea una de las mayores enseñanzas de Csikszentmihalyi. La felicidad no depende únicamente de las cosas que suceden, sino de las cosas que permitimos entrar en nuestra conciencia.
Todo esto me lleva a filosofar que vivimos distraídos creyendo que la riqueza consiste en acumular experiencias, cuando quizá la verdadera riqueza consista en aprender a prestar atención. Porque donde ponemos la atención ponemos también la vida.
En muy poco tiempo estaré despidiendo a Monserrat para emprender el viaje hacia su nueva escuela en Madrid. Sé que ese momento llegará y, aunque prefiero guardarme para mí los detalles de esa despedida, también sé que representará un auténtico salto cuántico en su vida, ese instante en el que una persona deja atrás una etapa para entrar en otra completamente distinta, con un claro antes y un después, un parteaguas existencial.
Así funciona el tiempo. Los hijos no nacen para permanecer inmóviles al lado de sus padres; nacen para conquistar sus propios horizontes. Y quizá la mejor manera de acompañarlos no sea intentando detener el reloj, sino aprendiendo a regalarles nuestra atención mientras todavía compartimos el mismo presente Y cuando ese momento llegue, estoy seguro de que sentiré una mezcla inevitable de orgullo, nostalgia y silencio.
Querido y dilecto lector, ayer decidí no adelantarme al calendario. Ayer decidí invertir mi atención exactamente donde debía estar, en la alegría compartida. Porque si Mihaly Csikszentmihalyi tiene razón, y sospecho profundamente que la tiene, la vida no se mide por los años que alcanzamos a vivir. Se mide por aquello a lo que decidimos regalarle nuestra atención.
El tiempo hablará.

