En la era de la hiperconexión, donde un clic puede abrir las puertas del mundo o, paradójicamente, las de una prisión sin barrotes, emerge una de las formas más perversas de esclavitud moderna.
No se trata del secuestro en una carretera oscura, sino de una trampa tejida con hilos de fibra óptica, promesas de empleo y la ilusión de un futuro mejor.
Este 30 de julio, Día Mundial contra la Trata de Personas, la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC), y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) han lanzado una alerta global: el auge de la trata con fines de criminalidad forzada en operaciones de estafa en línea.
La campaña de este año, “Atrapadas/os detrás de la estafa”, desnuda una realidad incómoda y creciente.
La víctima de trata ya no es solo quien es explotada sexualmente o sometida a trabajos forzados en una fábrica; es también aquella persona que, engañada con una oferta laboral falsa, es trasladada a un complejo ilegal y coaccionada bajo amenazas, violencia y servidumbre por deudas para convertirse en el eslabón de una cadena de fraude global.
Es el estafador que, desde un centro de llamadas en una zona remota de Sudeste Asiático o, como ya hemos visto en México, desde una finca camuflada, despluma las cuentas bancarias de incautos en Europa, América o África.
La fotografía que pintan los organismos internacionales es desoladora. Los grupos delictivos organizados han perfeccionado su modus operandi con la precisión de una empresa transnacional.
Utilizan plataformas de redes sociales y videojuegos para engañar a sus víctimas, las trasladan a centros de operaciones donde son sometidas a un régimen de terror: cuotas de producción diarias, multas exorbitantes por no alcanzar metas, vigilancia constante y violencia física y sexual.
El objetivo es que ejecuten estafas románticas, fraudulentas inversiones en criptoactivos o timos piramidales. La tecnología, en lugar de ser un puente hacia el progreso, se convierte en el grillete digital que ata a estas personas a un destino de explotación.
El informe de UNODC es lapidario: la trata para criminalidad forzada ya ocupa el tercer lugar en detección de víctimas a nivel mundial.
Los delincuentes operan a través de múltiples jurisdicciones, ocultan sus ganancias en activos virtuales y utilizan inteligencia artificial para automatizar sus engaños.
México no es ajeno a este fenómeno. La semana pasada, las autoridades liberaron a cuatro jóvenes que permanecían encadenados en celdas improvisadas dentro de una finca que operaba como un centro de llamadas ilegal.
El país se está consolidando como un escenario más de esta tragedia global, donde la desesperación económica de los migrantes y la precariedad laboral son el caldo de cultivo para los tratantes.
Detrás de las cifras y los operativos, hay un rostro humano que a menudo es estigmatizado. La campaña de Naciones Unidas hace un énfasis crucial: estas personas no son delincuentes, son víctimas.
Por ello, el llamado a los Estados es a no criminalizarlas, sino a identificarlas adecuadamente y brindarles protección y justicia con una perspectiva de género, ya que las mujeres y niñas representan el 60% de las víctimas detectadas globalmente.
En este Día Mundial, el llamado es a solidarizarnos, pero también a entender la complejidad de un problema que se esconde tras la pantalla que tenemos frente a nuestros ojos.
La lucha contra la trata en el siglo XXI se libra tanto en los tribunales como en los algoritmos, y su victoria dependerá de nuestra capacidad para ver más allá del fraude y reconocer a la víctima que yace detrás de la estafa.


