Nunca fui una lumbrera, pero era bastante bueno para las matemáticas y, por lo mismo, para desentrañar estructuras lógicas.
Incluso en el comportamiento humano, que podrá ser misterioso pero no es imprevisible. Hasta el evitar deliberadamente la lógica termina confirmándola.
Es como la maldición de Casandra. Pero la vejez nos reduce la velocidad en todo, salvo en la decadencia. Es la cadencia de los cortejos fúnebres.
En el cerebro se apagan las luces lentamente, una por una. Quedan zonas oscuras y zonas iluminadas. Ya no es tan fácil enlazar letras, números, hechos, recuerdos, expectativas… Por eso, ante el reto, mejor desisto.
No es cobardía, es que con desesperante parsimonia se nos cierran los atajos de nuestro laberinto.
Pero hay alguna misteriosa potencia que sobrevive a este desorden. Lo compruebo con un reto ridículo que no hallé, sino que me encontró en Internet. Cinco nombres propios, elementos conocidos que deberían inducir un sexto desconocido y restringido a cuatro opciones. Lo vi, me dio pereza, y seguí en lo mío: la búsqueda de las especificaciones de los empaques cónicos para plomería doméstica. No es broma, son empaques muy temperamentales.
Lo curioso es que seguramente por el mentado “algoritmo”, topé y evité el mismo reto lógico un par de veces más. Hasta que me harté, me detuve a leer las condiciones del enigma, vi los elementos y las opciones, y sin pensar, elegí la solución al azar (que sé que, como Dios, no existe, es).
Para concluir esa monserga inútil, abrí el enlace para comprobar la solución, y ¡acerté! Esto es, un sistema de ecuaciones misteriosamente estables que se integra a otro sistema similar de ecuaciones inestables, con la condición de que un valor alfabético debe implicar matemáticamente, y sin una regla explícita, a un valor numérico pero completamente ajeno al Álgebra básica sino más bien emparentado con la Aritmética.
Todo sin recurrir ni a la lógica ni al clásico “tin marín de do pingüé…”. No era Instinto, seguramente fue pura intuición, funcional y expedita. De haber sabido cómo funciona esto hubiera jubilado mi racionalidad desde hace más de 60 años. Total, la razón sólo nos ha servido para construir cosas, convicciones, ideologías, filosofías…, y encerrarnos en ellas. Un ataúd bastante incómodo.

