El periodista Ángel Robles murió.
Hasta el último de sus días mantuve con él una disputa amistosa sobre la posesión de un libro preciado: la edición de Cien años de soledad, la del título con la E al revés, de Editorial Sudamericana. La tapa fue diseñada por Vicente Rojo, y con ella se popularizó la obra cumbre de Gabriel García Márquez.
En mi argumentación, le alegaba que mi hermano Alejandro, su pupilo, se lo había prestado y ya no se lo devolvió. El precioso texto lo había adquirido en una librería de viejo, en la calle Galeana, de Monterrey. Pero él replicaba que la célebre edición ya la tenía desde hacía muchos años. No sabía de dónde la había sacado, pero no se la habían prestado.
Nunca le exigí la devolución, pero tampoco nunca logramos convencernos mutuamente del trayecto del libro hacia su biblioteca.
Ahora que ha partido, he retomado los girones de recuerdos que tengo con él, con encuentros esporádicos a lo largo de los años. Hubo un tiempo, a finales de los 80, cuando yo empezaba en los andarse reporteriles y él ya era figura mediática de la localidad, en que coincidíamos con más frecuencia. En esos años yo siempre andaba con una novela bajo el sobaco; leía a todas horas y en cualquier lugar.
A él le agradaba, como me dijo una vez, que fuera un chaval lector y me animaba a que siguiera consumiendo libros. Es que a veces, en los entrenamientos de Tigres o Rayados, andaba yo con mi libraco en turno y, cuando empezaba la práctica, me alejaba un poco de donde estaban los compañeros de la fuente para continuar con mis lecturas. Vamos, las aventuras que repasaba en esas páginas eran, generalmente, más interesantes que los ejercicios y repeticiones de tiros a gol de cualquiera de esos dos equipos que, en aquellos años, arrastraban la cobija y el nombre.
Con el paso de los años, cuando nos veíamos, si bien seguíamos hablando de futbol, abordábamos el tema pero desde las lecturas que teníamos de Jorge Valdano, Juan Villoro, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, las mejores plumas de Latinoamérica que habían decorado el juego con sabiduría y filigrana literaria. Nos gustaba mucho aquella canción de Joan Manuel Serrat, en catalán, Kubala, que se refería al prócer húngaro del Barcelona. Coincidíamos en que nunca una melodía vistió con tanta belleza al balompié.
Veía Ángel el juego desde la perspectiva sociológica o filosófica, con todas las teorías sobre la influencia que tenía en la cultura y el arte pop, así como en la política, un torneo de liga o una copa del mundo.
Cuando salía a cuadro, me gustaba que se alejara del comentario chicharronero. Hacía apuntes elegantes sobre sus recientes descubrimientos de algún libro de memorias de este o aquel preparador físico de una liga de Europa del Este.
“El mejor futbol es hijo de las dictaduras”, me dijo una vez, para apuntalar la tesis del juego como un ejercicio de libertad. Me expuso: en las naciones donde se imponía el totalitarismo, entrar en la cancha permitía a los jugadores respirar libremente, en un territorio, como el rectángulo de las acciones, donde se establecían reglas que imponían una democracia absoluta, en la que todos los participantes eran iguales, y donde ganaba el que tuviera mayor capacidad, destreza, astucia o suerte. Los ejemplos más evidentes, remataba, eran Argentina y Brasil que se impusieron en los torneos planetarios cuando sus pueblos se encontraban bajo las botas de los generales.
Los años avanzaron y los intereses de Ángel se aproximaron más hacia la cultura, y hacia allá se aproximó con todo y su espíritu de periodista. Aun gustaba charlar sobre don Balón, pero también se entusiasmaba con el movimiento cultural de Monterrey, que ha estado siempre tan necesitado de ventanas como las que él abrió en sus múltiples espacios culturales de televisión.
Cuando presentaba yo nuevos libros, siempre me dio espacio en sus programas de TVNL. Y las charlas se daban amenas, pues Don Ángel o el Señor Robles, como le decían, era excelente entrevistador y sus preguntas y apuntes estimulaban mis respuestas, y el fuego del entendimiento se avivaba en esos intercambios siempre apasionantes que tuve en su presencia.
La nueva generación no sabe quién es Ángel Robles. Debiera. Fue un referente del periodismo deportivo regiomontano, alejado de la polémica barata y cercano a la exposición del deporte como una actividad humana formadora, con aspectos lúdicos ineludibles, pero con interesantes componentes supra pasionales.
Muchos de los reporteros que lo tuvimos como colega lo reverenciamos como maestro. Lo recordaré siempre como un periodista culto, que demostró que el futbol sí puede disfrutarse con altura, desde un enfoque diferente al de los gritos, la matraca y la cerveza.

