El célebre conductor se llenaba la boca de orgullo al retar, a los presentes en el estudio de Televisa, y a los cuates de provincia que lo seguíamos, con el grito de guerra, con el que expresaba su pasión por el futbol: ¡Arriba el América, señores!
Toda la vida he seguido a Tigres y me provocaba risa que Chabelo se manifestara de manera tan arrebatada para defender su gusto por los azulcremas, el equipo que era propiedad de Emilio Azcárraga Milmo, su patrón y dueño de la televisora.
Era divertido escuchar en la tele los abucheos y aplausos de los asistentes a la grabación del programa.
Al crecer entendí que había un juego subterráneo de manipulación en las expresiones de mi cuate de rostro avejentado, pero niño de corazón, que cada domingo llegaba a mi casa y a las de todo México a través de su divertidísimo programa de concursos.
Nunca afectó mi gusto por los felinos norteños, pero estoy seguro que lo hizo en millones de niños que lo veían como un hermano mayor, referente de la infancia que se niega a retirarse, y simpático dictador de gustos, a través de la promoción de marcas en su programa.
No dudo que el recientemente fallecido comediante fuera genuino fan del equipo que alguna vez fue llamado Los Cremas.
Sin embargo, que lo pregonara en su programa, hacía que los niños buscaran ese equipo igual que hacían con los productos que comercializaba en las emisiones, como los zapatos Canadá, las golosinas Ricolino, las frituras Sabritas, el chocoloate Choco Milk, o los triciclos Apache.
Cuando compraba una paleta Payaso, en el fondo mi corazón le hacía un guiño de complicidad a Chabelo. ¡Hey, cuate, tenemos idénticas golosinas favoritas!, le decía en silencio.
Como parte de esa campaña de posicionamiento de la marca del América, tengo que evocar una de las épocas más nefastas del futbol mexicano, la de las décadas 70 y 80, cuando el equipo, Televisa y Azcárraga eran los dueños del balón, y podían hacer con él prácticamente lo que quisieran.
El monopolio de las transmisiones convertía a los entonces Canarios, en el producto de lujo del consorcio de telecomunicaciones más grande del habla hispana.
En los canales de la empresa se transmitían como prioridad mensajes de los millonetas. A sus programas de variedades se le invitaba, principalmente, a los futbolistas de casa.
En los noticiarios se repetían los goles de los capitalinos. No era difícil suponer que los árbitros, influidos por criterios empresariales, favorecieran también a los emplumados con sus decisiones durante los partidos, como era la queja recurrente de las demás organizaciones del balompié nacional.
A esta campaña agresiva de colocación del producto se le sumaba el respaldo de otras figuras de tremendo peso mediático como Chespirito, que también era superfan del América y presentó la película el Chanfle, un megataquillazo, que colocaba al equipo con sus jugadores como estrellas de la pantalla grande.
El Chanfle era un pobre diablo que soñaba con ser el goleador de los Canarios, y brillar en el Estadio Azteca. Exactamente como era la fantasía de millones que admiraban a Borja, Reinoso y Kiesse.
“El Loco” Valdez otro seguidor confeso y entusiasta del equipo de Televisa, hacía sus populares apuestas con su compadre Sergio Corona que le iba a las Chivas.
Era divertida la rivalidad y la forma en que se castigaban públicamente luego de los Clásicos. Había una campaña de penetración subliminal para que los televidentes desprevenidos consumieran al club, que también era reconocido como Los Chicos de la Tele.
Chabelo, me duele decirlo, formaba parte de ese juego mediático de manipulación que tan obscenamente practicaba la televisora. Así como metían en el lóbulo parietal de los aficionados al equipo azulcrema, igual promocionaban a cantantes y actores en sus shows, para vender discos y telenovelas.
En muchas ciudades del país que no tenían equipo local de futbol, la influencia de Chabelo y Chespirito era definitiva. La rebelión, contra esa imposición se daba, en esos lugares, con el aumento de seguidores de Chivas.
Lo que decía ese señor que se llamaba Xavier López Rodríguez era importante para los que lo seguimos como niños. En uno de esos programas de En Familia me di cuenta de cuánto me imponía.
Recuerdo aún con asombro cuando, a principio de los 80, los cantantes españoles Enrique y Ana sacaron su canción del Súper Disco Chino.
La melodía hablaba de un juguete que consistía en un plato con una base bordeada, que era manipulado desde abajo con una varita. Y el disco dichoso, como marca registrada, se vendió por miles en todo el país, hasta que la piratería afectó su distribución.
Entonces, un domingo, apareció Chabelo mostrando un superdisco chino copiado. Le dijo a la gente que no servía, lo azotó, lo pisoteó y, con voz y acciones violentas, nos ordenó a los televidentes que no lo compráramos.
Debíamos ir a adquirir el superdisco oficial. Ni por asomo iba a buscar uno de esos juguetes clonados, después de la regañada que me dio mi cuate. Su voz pesaba y tenía una decidida influencia en toda la infancia del país.
El amigo de todos los niños forma parte indisociable de lo mejor de la historia de la televisión en México.
Los papás podían confiarle a sus hijos para que pasaran tres horas hechizados frente al monitor, viendo sus concursos en los que proporcionaba diversión y mucha esperanza de éxito a las familias amoladas, que soñaban por llevarse en la catafixia una sala de Muebles Troncoso, un lujoso aparato modular, una TV a colores.
Aunque a veces obtenían, para su decepción y mofa popular, un repollo para tostadas de maíz, un lazo para amarrar un burro, si es que tenían, o unas brochas para untarle mayonesa a los elotes.
El balance con Chabelo es superavitario. Nos dio mucho más que lo que podríamos reprocharle. Pero me quedo pensando si optó por seguir el juego de promoción del América por orden superior, o por el natural afán de proselitismo para nuestro equipo que tenemos, en lo personal, los aficionados del futbol.


