El mejor día del año

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El cielo está ensotanado. Por la ventana puedo ver que las nubes oscuras cubren Monterrey y, en el patio, el limonero mueve suavemente sus hojas, por el viento que se cuela rudo desde el tejado. Hace un poco de frío en la ciudad, pero no importa. Sé que allá arriba, escondido, está el Sol que calienta algún firmamento despejado.

El invierno perezoso se arrastra agónico, resistiéndose a partir. La próxima semana inicia la primavera y regresarán los días cálidos que tanto me gustan.

Es hora de levantarme. Debo ir por mi camisa, me urge enfundarme en la casaca. Válgame, no está en el cajón. ¿Dónde la habré dejado? Ja. La traigo puesta, dormí con ella. Tan linda mi playera amarilla, con la franja azul que le orla el pecho. Me gusta la retro, es misma que portaron nuestros padres fundadores Barbadillo, Boy y Batocletti, la Santísima Trinidad. Le pedí a papá que me comprara la número 10, la de Gignac, que me da buena suerte siempre.

En cada día de juego me pongo mi camisa de Tigres, pero anoche me fui a la cama enfundado en ella, porque hoy es una ocasión especial, el Clásico Regio 129. Voy a ver el juego aquí en casa, porque no podemos comprar boletos. Pero no importa, se contrata el juego y en la sala nos reunimos todos en la familia, que somos tigres, aunque a veces cruzan la calle mis primos, que son bien rayados, por herencia de mi tío.

¿Ya se habrá despertado Beto? Por la ventana puedo ver la calle en los dos sentidos. Comienza a despertar el barrio. Ahí está parado en la puerta esperándome. Cierto, quedamos ayer que por la mañana nos veríamos afuera de casa. Mamá ya prepara el desayuno y papá está viendo el periódico. Siempre lo empieza por las páginas de deportes y solo se interesa por noticias de los felinos.

Apenas abro la reja de la calle y Beto sale a mi encuentro. Me cae bien mi primo, porque, aunque es bien rayado puedo hablar con él sobre futbol sin que se enoje, como algunos amigos de la colonia, que se distancian o se gritan. Mi papá y su hermano, papá de Beto, también están en los lados opuestos de nuestro futbol, pero no pasan de echarse carrilla. Aquí somos buenos fanáticos. El que gana celebra y el otro aguanta.

Mi primo trae la camisa retro también, la de rayas alargadas y delgadas. He visto en algunas repeticiones de antaño, que era la que usaban sus próceres, Milton Carlos, Fidel Mejía, Magdaleno Cano. Yo le digo que se parece más a la que usaron Pau y Peu, y se enoja.

Practico un reto con mi primo. Cuando es día de Clásico andamos por las calles de la colonia y jugamos al ciego. Cerramos los ojos y con mucho cuidado damos diez pasos, al abrirlos tenemos que voltear hacia cualquier punto para encontrar cualquier motivo de Tigres y Rayados.

Y siempre acertamos. Donde pongamos la mirada vemos algo azul y amarillo, o blanco y azul. Un coche trae, en el vidrio trasero, una calca En La Vida y en la Cancha. En aquel camión una muchacha que, seguramente va al trabajo, está sentada con una camisa amarilla con rayas azules en los hombros. Ondea una bandera azul y oro en la casa de un vecino. ¡El panadero trae colgado en el retrovisor un tigrillo! Un coche estacionado trae en el respaldo enfundada la fea camisa blanca felina, con manchas azules y amarillas, como si fuera un durito con chile y mayonesa. El señor mecánico abre el taller y trae puesta la horrible camisa verde de La Pandilla, la que parece bolsa de Ruffles.

Este día es el mejor del año. Lo más padre es que hay dos mejores días, por los juegos asegurados por semestre, uno en cada torneo. Y el destino nos da algunos bonus de oro, cuando los equipos coinciden en liguilla o en alguna de esas competencias internacionales. Cada Clásico es como un día del niño futbolero regio.

Pasamos frente a la casa de un compañero de la escuela que le va al América. Hace un par de años se mudó su familia de la Ciudad de México y siempre dice que el clásico nacional es el de las Águilas contra Chivas, que ese sí es el bueno, no como el de aquí, que nomás lo ven los regios.

Los fines de semana me lo topo en la calle con la camisa del Ame bien puesta. El otro día debatiendo en el recreo me habló de la prosapia del Clásico Nacional, con jugadores y aficionados que han mantenido viva la llama pasional a través de generaciones, presumió la difusión que tenían esos duelos épicos entre tapatíos y capitalinos, de cómo las dos organizaciones son las que más aficionados concitan en México.

En todo estuve de acuerdo, pero le aclaré a mi amigo chilango que pese a todas las virtudes que presuma de su clásico, nunca va a poder ser parte de su fiesta. Siempre tendrá que verlo por la tele y nunca podrá sentir cómo la ciudad palpita con la expectativa del juego. No supo qué responderme ante su gran tragedia futbolera. Ni como negar que ese juego es mucho más conocido y atrae más atención. Pero acá, los regios participamos toda la semana en vivo en un festejo que es nuestro. Bailamos la música en vivo, en la pista. En cambio, los que le van al Guadalajara o al América, fuera de las ciudades que son sus sedes, están condenados a vivir una celebración a distancia, a través de la fría TV.

Regresamos, porque el aire se vuelve más crudo y ya cala.

Mamá sale para apurarme:

-Dónde andabas… se te va a enfriar el desayuno, Jerónimo Tomás. Ya métete.

Mi primo Beto le da los buenos días a mamá, y también entra a su casa. Él se llama Humberto. Mi tío le iba a poner, como nombre de pila, Humberto Suazo, pero mi tía se opuso tajantemente. Por eso sólo lleva el primer nombre propuesto y le decimos Beto. Pero cuando jugamos futbol le llamamos Chupete.

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