Fair play directivo

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Parece increíble que en un sistema empresarial tan cerrado, como lo es el futbol mexicano profesional, con unos cuantos inversionistas y con reglas de competencia claras, existan acciones que atenten contra el fair play de las contrataciones, como nos acabamos de enterar en el caso de Diego Cocca, entrenador de Tigres que decidió dejar tirado el trabajo soñado para encandilarse con una aventura que parece luminosa, pero que es terriblemente azarosa e incierta. De va a dirigir la Selección Nacional, convocado por actores de la Liga que le metieron la zancadilla al equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Hasta ahora se conocen detalles de este episodio inesperado. El presidente de Tigres, Mauricio Culebro, salió a dar una conferencia de prensa el jueves 9, para oficializar más la salida del argentino que anunciar la llegada al banco de Marco Antonio Ruiz. Revela que desde el lunes 6 los directivos de la Federación Mexicana de Futbol le avisaron que querían que su director técnico se ocupara del próximo proceso del Tri. El camino rumbo mundial del 2026 que, precisamente, se jugará en México, será terso pues el conjunto nacional accederá en automático, sin haberse batido en eliminatoria.

No se conocen bien los detalles del intercambio que Culebro tuvo con Cocca, al quedar descubierta el interés de este por bajar del barco universitario. Lo que queda claro es que su proceder fue, en apariencia, desaseado y se antoja bajo e inescrupuloso, lo que representa una sorpresa para todos, pues, hasta ahora, se había comportado como un gentleman, humilde en la victoria y digno en la derrota. Pronto se sabrá, con precisión qué ocurrió para que procediera esta transferencia de afectos, pero forma es fondo y lo que se ve queda en el imaginario de la colectividad como una cochinada.

El che fue presentado en noviembre del año pasado, en sustitución de Miguel Herrera, que perdió el rumbo por declaraciones desafortunadas, lo que lo llevó prematuramente a la guillotina. Se armó un equipo a gusto de Diego Martín, con la compra millonaria de jugadores de clase premier como Diego Lainez, Fernando Gorriarán y Nico Ibañez, y la salida, por él solicitada, del francés Florian Thauvin, el activo más caro de la Liga que, a decir verdad, nunca fructificó en estas tierras.

Ahora que ya tomaron rumbos opuestos, Culebro se abstiene, con propiedad, de descalificar el procedimiento de su ex entrenador. Sin embargo, todo el subtexto de su explicación dice, sin decirlo, que Diego firmó el divorcio sin consultarlo. Sí, mencionó que había un pretendiente, y le dieron tiempo para pensarlo, nunca habló de dejar el hogar. Habrá que cuestionar también, a Culebro, porqué en la firma del contrato que los unía, aceptó la cláusula de recisión unilateral, por la que ahora se da de topes en la portería sur del Estadio Universitario.

Hay una evidente deslealtad del adiestrador argentino, pues bien pudo hacer acopio de madurez y honestidad para rechazar la tentadora oferta del equipo tricolor. Tenía la palabra empeñada con la institución universitaria y con la afición que le dio una bienvenida, llena de ilusión. Traía frescos los dos campeonatos consecutivos con Atlas. Allá había dado orden a un equipo desahuciado. Acá podía hacer funcionar el Ferrari alterado que es Tigres.

Sin embargo, optó por seguir su trayecto en solitario. Se bajó de la nave en la que iba con todo lo que representa Tigres, y se fue con otros amos, con los que planea hacer historia. Se fue, aunque en realidad nunca llegó, como si no hubiera desempacado sus maletas en Nuevo León.

Su apuesta es, por lo demás arriesgada. Es muy complicado que un entrenador cumpla un ciclo mundialista. Así como optaron por arrancarlo del equipo con el que estaba matrimoniado, los dueños de la pelota pueden desecharlo fácilmente si es que no cumple con los objetivos, si los patrocinadores no le ven rentabilidad o si la afición, al verlo, siente arcadas de decepción y lo vomita.

Aunque el panorama parece despejado y sin nubarrones para los próximos años, en la Selección Nacional urge un campanazo, una victoria sonada, luego del fiasco de Qatar con otro proyecto mal estructurado, con un técnico solvente como Guillermo Martino, que, pese a sus credenciales, caminó sobre un andamiaje endeble, mal atornillado, que se trizó cuando fue puesto a prueba.

No habrá paciencia con el bonaerense, eso es seguro y se le exigirán resultados inmediatos y, por lo menos, ya se echó de enemigo a un Club y a un sector grueso de la fanaticada nacional. Si viene con el Tri al Estadio Universitario, puede haber una jornada de miseria.

Pero los padrinos de Cocca también han encendido su veladora en este funeral. Los empresarios señalados del Grupo Orlegi, que actualmente controlan al balompié azteca, fueron los que colocaron el dedo índice sobre el estratega del Tri que, se espera, sea ungido en las próximas horas. Me pregunto cómo es posible que, a ese nivel ejecutivo, personas de seriedad probada, que mueven millonadas desde sus escritorios, puedan incurrir en prácticas que parecen majaderías, al piratearse personal, en este caso el hombre que encabeza un proyecto enorme, como es el que había estructurado Tigres.

En este vuelco que ha dado la trayectoria del balompié nacional, en otro de sus patéticos capítulos, que conforman una serie de fracasos y ridiculeces, se puede aprender que las traiciones y las deslealtades no son una cuestión de alcurnia o de falta de ella. Profesionistas e iletrados, ricos y pobres, famosos y anónimos, trajeados o harapientos, cualquiera puede faltar a los principios del decoro, cuando se trata por velar por intereses propios. Y queda claro que hay un marcado desprecio por los aficionados, la parte más noble del negocio del futbol, que es como un tapiz, sobre el que marcan sus pisadas los delicados mocasines de los directivos del balón mexicano.

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