Falló la cábala

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A manera de cábala personal decidí, desde hace muchos años, no ver los partidos decisivos en series finales donde participan los equipos deportivos a los que soy aficionado.

En el 2019, me encerré a escribir en mi recámara mientras escuchaba desde la sala los gritos delirantes de mi familia y mis vecinos, contando los segundos para que los Raptors de Toronto se proclamaran campeones de la NBA por primera ocasión en su historia.

Entre el 2011 y este 14 de diciembre, cada final de campeonato que disputaron los Tigres de la UANL decidí alejarme de cualquier pantalla con acceso a internet disponible y así evitar la tentación de sintonizar las transmisiones, los marcadores o las reacciones en redes sociales en tiempo real. En mi muy ilógico pensar, el observar el juego y el vestir con una prenda del equipo el día del partido no le abonaba a la pequeña dosis de suerte que todo contendiente necesita para quedarse con la copa.

En diciembre del 2017, por la entonces diferencia de horarios entre México y Canadá, ya estaba en la cama tratando de dormir a pesar de la zozobra, cuando el sonido y la brillante luz de una alerta en mi teléfono rompió la aparente serenidad de una habitación a oscuras. Nervioso, tomé el celular y, aunque no llevaba puestos mis indispensables lentes, la pequeña franja blanca en la pantalla fue suficiente para darme una de las más grandes alegrías deportivas hasta ahora experimentadas. “Es Tigres el Rey del Norte”, decía el texto. No era necesario más. La copa, el orgullo y la gloria eran nuestras.

Para este domingo decidí cumplir con mi añeja cábala. Acostumbrado ya a mantenerme en aislamiento noticioso, el día transcurrió normal y cuando ya supuse que se habría cumplido el tiempo, activé mis redes sociales, esperando la actualización de parte de mi sobrino, Tigre de tercera generación y podcaster deportivo en inglés en Texas. Hasta eso, que el chavo no me quedó mal. En el grupo familiar de Whatsapp, la primera imagen fue un GIF de Bob Esponja, comiéndose las uñas.

“Ok, por la hora y el mensaje, deben de estar en penales”, deduje.

La historia de las finales de Tigres me dio motivos para recargar mi confianza. Esta fue la final 14 de liga para los felinos; de ellas, seis de las ocho ganadas fueron en cancha ajena, y varias de las recientes con un Nahuel Guzmán agigantado en los penales.

Respiré profundo, y seguí en lo mío.

28 minutos después, el emoji de una cara llorando fue suficiente. Toluca bicampeón.

De todas las finales que Tigres ha perdido a pesar de mi cábala y seguramente las de miles aficionados más, esta duele distinto. Esta derrota cala incluso más que la de la copa Libertadores, porque esta era la despedida ideal, gloriosa que se merecían Gignac y Aquino.

Esta era también el golpe en la mesa de los equipos protagonistas que se necesitaba para declarar “¡El Rey ha muerto, viva el Rey!” y ser testigos de cómo André le colocaba, en el centro del país, y en el mismísimo infierno, la corona a su sucesor, ese que llegó con ángel en las piernas y una voluntad sin correa.

Pensando un momento, creo que lo que más me duele es tener que lamentar el adiós de la leyenda, así con la cabeza agachada, observando el trofeo de reojo. Yo soñaba con verlo salir de la cancha con la copa en la mano, la gloria en sus espaldas y la satisfacción de cumplir lo que prometió: dejar en las vitrinas al menos un campeonato más.

Seguiré evitando ver las finales que vengan, y vestir prendas del equipo en el día del campeonato, porque mi pasión por los colores es tan ilógica como la cábala que elegí para acompañar esta locura llamada Tigres.

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