Los intentos de la Liga MX Femenil por igualar salarios por su contraparte de varones se parece mucho a las luchas sociales que, a lo largo de la humanidad, se han dirimido para remediar las diferencias históricas que nunca se han podido subsanar.
No hay una certeza sobre el origen de las proporciones desequilibradas entre unos y otras, aunque los sociólogos concluyen que la dominación del hombre no es por la violencia, como pudiera suponerse. Es impreciso el mito del macho que levanta la quijada de tapir para descargarla sobre la hembra que lo contradice.
En su magnífico ensayo De animales a Dioses, de Yuval Noah Harari, menciona que la desigualdad viene desde los albores de la humanidad pero no es por causa de la dominación brutal, la agresión o la intimidación. De hecho, si se habla de fortaleza física, la ciencia demuestra que las mujeres son mucho más resistentes al dolor y sobreviven con mayores probabilidades a enfermedades.
En el caso del futbol mexicano los federativos, al escuchar las quejas justificadas de ellas, han decidido poner atención, aunque sea mínima, porque su interés está, por supuesto, en ellos, la liga varonil y la Selección Mexicana que deja la mayor tajada del pastel de dividendos.
Se ha propuesto un debate nacional que involucra a los senadores y diputados, encargados de hacer leyes y fiscalizar dineros públicos, para hacer que las chicas en el futbol tengan una aproximación a las percepciones que, mediante descomunal diferencia, obtienen los jugadores.
Aplaudo los intentos que se hacen, aunque aún veo que aún es inmaduro el acercamiento al tema. Por eso me parece que la discusión que involucra la parte oficial, es más una exhibición de legisladores y demás fauna politiquera para presentar chamba que para localizar remedios en un entramado que pasa por el desdén. Cuando la política se mezcla con el deporte los resultados son nefastos, como dicta la experiencia.
Yo no veo que para ellos sea tan importante, por ahora, encontrar un punto medio para dignificar las percepciones de las señoritas.
Se presentaron casos dramáticos de jugadoras profesionales que ganan unos 4 mil pesos al mes, frente a otras que, en algunos casos, llegan a obtener hasta 200 mil. De cualquier manera, están a años luz de los estelares en el elenco del balompié azteca, que llegan a embolsarse hasta cuatro millones de pesos cada 30 días.
Ya no digamos las sumas que giran fuera de la galaxia de los jugadores de élite en el mundo que pueden obtener un millón de euros por mes, por sus contratos demenciales que mueven a suponer que esas personas están hechas de un material diferente a las células de tejido cutáneo y óseo que tiene el resto de los mortales.
Las desproporciones en los salarios por género en el futbol son fáciles de explicar. La liga de hombres es un negocio jugoso y la de mujeres es solo un compromiso social. No hay todavía evidencias de que los equipos de chicas sean una empresa redituable. Por tanto, tienen que respaldarse, casi en su totalidad, en los ingresos de sus contrapartes masculinas. Yo no me refiero a datos duros, porque los equipos de futbol en México no hacen públicos sus estados financieros, como en otras latitudes, y es difícil conocer cuáles son prósperos y cuáles están quebrados.
De cualquier manera, no es difícil determinar a los exitosos. Basta con ver cómo manejan sus modelos para armar los quipos: si son como Tigres que todo lo que gana lo vuelve a invertir en el equipo, o como Atlas, Puebla o Santos que hacen brillar a un jugador para aumentar su valor y venderlo en el mercado, ya sea el doméstico o en el extranjero, lo que empobrece a sus escuadras siempre en formación.
La discusión está abierta y surgirán voces para avanzar. Algunas sabidurías fluirán en el entrevero de opiniones, aunque percibo que principalmente se presentarán promesas y frases esperanzadoras que quedarán en nada. Es lo que pasa cuando los directivos y políticos aplastados en sus asientos, moviendo en mullidos cojines sus inútiles traseros, hacen como que buscan soluciones.
Creo que lo mejor que saldrá, de esta nueva etapa del debate infinito, es una mayor visibilización del problema.
Veo que la solución a estas desproporciones, se encuentra aún a años de distancia.


