La eliminación del Tri: un enfoque juvenil

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México fue eliminado por Inglaterra en este mundial 2026.

La derrota 3-2 fue dolorosa, pero justa.

Vi el juego con personas mayores y también con jóvenes y adolescentes.

Terminó el encuentro y los veteranos echamos pestes. De inmediato intercambiamos opiniones sobre las causas de este resultado, con el que el Tri perdía el invicto mundialista histórico en el Estadio Azteca.

Mencionábamos que el técnico Javier Aguirre falló al sacar a Julián Quiñones y que el equipo no supo capitalizar a su favor la ventaja numérica cuando expulsaron a un inglés, al empezar el segundo tiempo. Pero reconocíamos que la victoria de los europeos fue justa y que México alcanzó en ese juego su verdadero nivel.

En cambio, los jóvenes se tomaban con más tranquilidad la eliminación tricolor. Para ellos la experiencia de esta Copa del Mundo era fantástica. Aunque el conjunto nacional hubiera sido echado en octavos de final, ellos seguirían disfrutando de la fiesta internacional, pues se sentían encantados con el ambiente cosmopolita que había en Monterrey y, se percibía, en todo México, con la llegada de turistas que acudieron al país a ver juegos de sus selecciones.

Desde su divina mocedad se tomaban la derrota por el lado mejor, pues consideraban que el equipo mexicano tenía elementos en proceso de madurez, como en el caso de Gilberto Mora, y la experiencia ahora les serviría para robustecer sus habilidades rumbo al siguiente torneo planetario en el 2030.

Comprendí su punto. Son chavales que comienzan a involucrarse en estas experiencias del equipo mexicano de futbol. Creen que el campeonato mundial es posible para nuestros guerreros aztecas.

En cambio, yo me sentía desolado pues, a diferencia de la generación nueva, ya no tengo paciencia; he visto esta misma película desde que atestigüe el primer mundial en el que participó mi país, en aquél torneo tan aciago de Argentina 78, cuando quedamos en último lugar. Desde entonces, consecutivamente he acumulado amarguras y sinsabores. Para mayores señas, fui de los que acudió al Estadio Universitario, en San Nicolás, para ver la amargosa derrota en penales de la Selección ante Alemania, en el mundial del 1986.

Puedo entender la confianza de los chicos en el futuro, pues ante los ingleses el Tri hizo un buen partido, con un resultado que se escapó por pifias puntuales.

Pero yo ya no puedo soportar con indiferencia la acumulación de descalabros. Cada mundial tengo urgencia de que pase algo con el equipo tricolor, porque la condena ha sido muy prolongada, y parece perpetua. Y nunca hay variación. No se avanza más allá de los octavos; desde la tribuna de los derrotados, vemos como aficionados tristes pasar en carrusel los equipos que una y otra vez se meten a las rondas de los protagonistas, para regocijo de sus compatriotas; están siempre en los sitios de honor, disputando permanentemente el trofeo de la Copa del Mundo FIFA, hecho de oro puro y con seis kilogramos de peso. Una presea que, por lo visto jamás acariciaremos en esta vida.

Ya sabía que México sería eliminado en esta competencia, pero algo adentro de mi corazón anhelaba que la historia se escribiera con diferente caligrafía, aunque fuera por esta vez. Pero el destino no atiende caprichos, ni responde a berrinches, y al terminar el partido del 5 de julio, espiritualmente lloré y di de patadas por la frustración permanente.

Cuando México quedó eliminado tras el juego ante Arabia Saudita en el mundial de Qatar en el 2022, suspiré al cielo y pensé que debía esperar otros cuatro años para volver a ilusionarme. Pasaron cuatro años y se llegó la cita del torneo organizado por México, Estados Unidos y Canadá. Y nada varió, pues si bien mi país superó la primera ronda, se descarriló donde siempre.

Y ahora, me sentaré a esperar otros cuatro años. 

Y por supuesto que volveré a esperanzarme.

(Gracias a Rebeca y Naomi por inspirar esta entrega)

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