¿Mejor que antes?

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Este 12 de octubre se cumplen 55 años de la inauguración de los grandiosos Juegos Olímpicos de México 1968.

Extraordinarios Juegos, porque cumplieron con diversos objetivos: México ganó medallas olímpicas, cumplió en organización, dejó legado al mundo del deporte y a la ciudadanía, y porque durante su celebración hizo olvidar, aunque fuera momentáneamente, los fatídicos acontecimientos de la Plaza de las Tres Culturas.

La Ciudad de México, México Distrito Federal en el año de los JJ.OO., había pugnado por celebrar la justa deportiva en 1956 y 1960 hasta que en la tercera propuesta se la otorgaron: fue el 18 de octubre de 1963 en Baden-Baden, Alemania, por encima de Detroit, EE.UU.; Lyon, Francia, y Buenos Aires, Argentina.

Desde luego que el renglón de la economía es lo que más revisa el Comité Olímpico Internacional para confiar en una aspirante a sede olímpica, y en eso fue esencial el “Milagro Mexicano”, periodo a partir de 1940 en el que el país mostraba un desarrollo optimista, abriéndose paso a la industrialización y a la urbanización.

También en algo ayudó la experiencia en organización, que ya la ciudad había mostrado para la celebración de juegos regionales, previos a lo que sería México 1968.

Y aunque al darse la sede, como era de esperarse, surgieron pugnas internas por el protagonismo en la organización, porque figuras políticas de la época se peleaban la presidencia del comité organizador, el asunto no se desbordó como para impactar negativamente en el evento.

Paralelamente surgieron problemas financieros y existía una real falta de credibilidad de organismos extranjeros, que dudaban de la capacidad de México para celebrar la justa.

Al final los funcionarios de la organización tuvieron que acatar la mano dura del Presidente Díaz Ordaz y se alinearon con la política de la organización: apelar a la causa de país no alineado a ningún bloque e involucrarse en prácticas de distensión internacional, que tanta falta hacían en esos años.

Una vez conminados por el primer Mandatario la organización hizo lo que desde entonces los mexicanos sabemos hacer muy bien: cabildear, lucirse y convencer dando un “plus”. El comité organizador hizo suya la experiencia de los Juegos de Roma 1960, tomando su modelo de organización.

Todo fue saliendo según lo planeado: la celebración de las Semanas Olímpicas para contrarrestar las campañas negativas por el asunto de la altitud de la sede, la edificación de escenarios deportivos, la creación de un programa cultural nunca antes visto en los Olímpicos y el involucramiento en la organización de gobiernos y comunidad.

Hasta que en el verano del preciso año olímpico detonó en la Capital del país el conflicto entre preparatorianos que fue dando forma al Movimiento Estudiantil que puso en aprietos al Gobierno, por sus nefastas formas de conducirse.

Las diferentes acciones estudiantiles prácticamente culminaron a 10 días de la inauguración de los JJ.OO. con los hechos de Tlatelolco, minimizados por el Gobierno y los suyos, maximizados por los opositores de entonces.

Aun con la pesadumbre de lo acontecido, tres días antes de la inauguración olímpica, el deshecho Consejo Nacional de Huelga lanzó la proclama de no entrometerse en los Juegos, concediendo una especie de “ekecheiria”, lo que para los antiguos olímpicos era la tregua durante la realización de las competencias.

Y así fue, porque la población se volcó a los Juegos y dejaron de lado, así haya sido por algún momento, su apoyo o su participación directa en las movilizaciones universitarias.

Entonces la ciudadanía pasó de la indignación a la celebración. Atestiguaron la grandeza de un heroico puñado de deportistas mexicanos que lograron lo que hasta ahora no ha vuelto a repetirse: la mejor producción de preseas olímpicas de una delegación mexicana; ¡nueve! (3, 3 y 3).

Vibraron con “Queta” Basilio y el encendido del pebetero, con el pechista “Tibio” Muñoz, con el andarín “Sargento” Pedraza, con la floretista Pilar Roldán, con la nadadora de fondo Maritere Ramírez…

¡Y cómo no! Disfrutaron de los logros de la gimnasta checa Vera Caslavska, del saltador de alto Dick Fosbury, del de largo Bob Beamon; del ganador de los 100 m, el afroamericano Jim Hines, y del gimnasta japonés Sawao Kato, entre otras grandes leyendas, solidarizándose de paso con las protestas antirraciales de los velocistas
Tommie Smith y John Carlos.

Como legado, México 68 dejó una enriquecida cultura deportiva ciudadana, instalaciones que todavía hoy se mantienen en uso constante y creó el programa cultural como acción paralela a las competencias deportivas, que desde entonces el COI lo pide a todas las organizaciones de los Juegos.

Quienes vivieron los Juegos, que octubre les sirva para recordarlos. Quienes no tuvimos esa oportunidad, que busquemos en la historia para encontrar elementos que nos sirvan para revisar si México es ahora mejor que antes, al menos en el deporte.

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