Lionel Messi ha enaltecido al futbol de todo el mundo, al ser distinguido con el premio Princesa de Asturias, que entrega cada año la Fundación que distingue los valores científicos, culturales y humanísticos.
Ha hecho que el balompié pueda ser considerado una actividad con significados sublimes, que desbordan el estadio y la transmisión por TV, y se imponen, por mucho, al desprecio de quienes lo ven solo como un deporte popular, de función lúdica, hecho para adormecer a la masa.
El futbol, con Messi, es estética en movimiento, un performance de espectacularidad palpitante, capaz de provocar, simultáneamente y entre millones de seguidores, una euforia que jamás ha conseguido capitalizar el arte tradicional en cualquiera de sus manifestaciones.
El astro estuvo presente en Oviedo, sede del principado asturiano, en la gala celebrada el 23 de octubre donde recibió al premio al deporte que es otorgado, por vez primera, a un futbolista en lo individual, y que lo destaca por ser el jugador con más títulos en la historia del balón con 49, y por su labor solidaria con la infancia.
Por añadidura, se le enaltece al crack por sus habilidades extraordinarias con la pelota, su humildad fuera de la cancha y su generosidad indeclinable para hacer juego de equipo.
Ningún otro jugador en el mundo reúne tantas cualidades como el rosarino, que aún ahora, en el atardecer de su bruñida trayectoria, sigue siendo monarca absoluto en el deporte más popular del orbe.
Arquímedes de Siracusa, nacido antes de la era de Cristo, era el genio matemático absoluto de la antigüedad, el cerebro más lúcido de la época, por impulsar teoremas del cálculo integral que luego fueron retomados por Isaac Newton. Gozaba de un razonamiento inductivo y deductivo, y tenía la excepcional capacidad de analizar problemas en forma abstracta, como ninguno de su tiempo.
Lio es un equivalente de Arquímedes, pero lo que hacía el griego con ecuaciones, el argentino lo traza con los botines, con una inteligencia cognitiva y ejecutiva, capaz de procesar en fracciones de segundo toneladas de información sensorial y visual. Lo sorprendente es que lo hace con un estadio lleno, y soportando más presión que el asfalto bajo la aplanadora.
Todo lo marca tal si fuera, también, un genio de las artes plásticas, trasunto de Miguel Ángel Buonarroti, pues no ha existido en los últimos 20 años, nadie que pueda plasmar esas princeladas de bellos trazos en el césped, como la Pulga en sus momentos de inspiración, con disparos de gol parecidos, en encanto, a los pasajes del Génesis pintados en la bóveda de la Capilla Sixitina.
Tiene Messi unas piernas superdotadas para teletransportar la pelota con la velocidad de los fotones, pero su cerebro también está hiperdesarrollado como el de un un sabio de IQ 190, con una habilidad única para asimilar pensamientos complejos, sin ceder al estrés del graderío rugiente que a cualquier mortal le provocaría un infarto al miocardio y un derrame cerebral fulminante.
En la gala del Teatro Campoamor, acompañada del rey Felipe y la reina Letizia, así como la infanta Sofía, la princesa Leonor entregó el mérito al 10, mientras lo encomiaba así: “Convirtió lo extraordinario en rutina, interpretando el juego, y decidiendo lo más efectivo en décimas de segundo, y respetando la escencia colectiva por encima del ego”.
Eso le faltaba a Messi para coronar su obra. La realeza de españa le ha otorgado la certificación de su excelencia en las áreas de las humanidades, las ciencias y las artes, por una obra de vida hecha con un balón, un instrumento sencillo, inventado para la diversión que, en sus pies, es el símbolo de la más pagana, pasional y preciosa religión del planeta: el futbol.

