Mito y leyenda necesarios

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Nahuel Guzmán, arquero de Tigres de la UANL, dio nota internacional en el pasado Clásico Norteño, al defender su arco de espalda, cuando Sergio Ramos, defensa de Rayados se aprestaba a cobrar un penal. Al silbatazo del árbitro, El Patón se dio la vuelta para enfrentar como Dios manda al español que, pese al ardid de distracción, anotó con disparo raso y bien colocado.

El gesto extravagante del golero argentino, no sorprendió a los seguidores del futbol mexicano, pues a lo largo de los años ha incurrido en acciones similares en la puerta: la vez pasada hizo como que caminaba en la cuerda floja, en la línea de gol, en espera también de la pena máxima. Y otra vez, en pleno juego, se sacó de la boca una serpentina de colores, como un truco de magos. El estadio festejó la noche que hizo el truco del mimo atrapado detrás de un cristal. Pese al disgusto de sus perseguidores, el argentino no faltó a ningún decoro reglamentario.

Los seguidores de Tigres adoran los desplantes de Guzmán. Es evidente su gozo por el futbol y su función, sociológicamente contempla, dentro del espectáculo de masas. El desempeño como excelente guardavalla le permiten tomarse esas libertades, para exasperación de sus contrincantes y de un sector de la afición que detesta la marca felina.

Sus actuaciones reaniman el debate permanente sobre la seriedad debida de los futbolistas profesionales en la cancha. Algunos afirman que el jugador debe ser solemne y formal, y dedicarse a patear el balón para meterlo en la puerta de enfrente. A la luz de estos razonamientos, sobraron las voces que tildaron a Nahuel de payaso. Cada quien sus opiniones; el futbol es democrático y en él todos caben junto a sus puntos de vista.

Celebro las muecas del Patón en el arco. Me gusta verlo en aparente descontrol, fuera de sus cabales cuando, en realidad, evidencia un control absoluto sobre su oficio y un desempeño libre, sin ataduras, ni corsés propios de la formalidad aburrida de los tradicionalistas.

Como aficionado busco sobresaltos y sorpresas en un juego. Hace años años aplaudí las ropas multicolores de Jorge Campos, uno de los máximos revolucionarios del juego. Al igual que Guzmán, el acapulqueño respaldaba sus desafíos estilísticos con excelentes actuaciones. Para permitirse esas divagaciones primero deben hacer bien su trabajo, eso lo han sabido los dos. Campos usaba sudaderas multicolores y de mangas cortas, para romper con la tradición de las sudaderas de los primeros arqueros, que aún se protegían con rodilleras. Y se tomaba la libertad de salir jugando con los pies, más allá de la media cancha, un atrevimiento mayúsculo, que adoramos como aficionados.

Nahuel también desprecia el canon. No sigue el manual de las buenas maneras del portero, y se solaza provocando sofocaciones y soponcios a los románticos del juego. Cada maroma desprogramada que echa engrandece su figura.

El futbol necesita mitos y leyendas. Las reglas de juego aportan la formalidad necesaria para exigir a los jugadores ceñirse a los parámetros que los igualan en la cancha. Fuera de eso, se agradece la rebelión. Entre tanto compañero engominado, Guzmán se suelta el cabello escaso para lucirse ante la tribuna. El deporte profesional está urgido de impulsivos y revoltosos, como el che, dispuestos a llevar la fiesta más allá de los parámetros formales.

Los reproches desde la tribuna forman parte, incluso, de esa necesaria fuerza revulsiva que le da vitalidad a los partidos. Que se quejen los inconformes. Ahí seguirá Guzmán Palomeque dispuesto a declarar el escándalo en la cancha.

Tal vez la próxima semana, mientras acomoda la barrera para un tiro libre, echará lumbre por la boca. Todos los aficionados, simpatizantes y detractores, están expectantes, para asombrarse ante su próxima humorada.

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