Corría el mes de agosto de 1965. Un joven de 19 años, obrero de turnos en un negocio textil, llegó a un importante grupo industrial de Monterrey, recomendado por un compañero de estudios, a buscar una oportunidad de trabajo como empleado en una oficina adjunta a los que decidían los concerniente a las relaciones públicas. Todo iba bien, hasta que el jefe del jefe que atendió al humilde muchacho paró en seco la solicitud de empleo. “No lo podemos aceptar; entiende, está muy morenito”, fue la razón expuesta por el directivo. La réplica fue blanda pero contundente, tratando de resaltar el perfil del empleado que andaban buscando cabida en el área cultural, que tenía a su cargo la edición de la revista interna: “Es que se trata de un compañero de mi hijo que me dice que sabe escribir muy bien y tiene una ortografía aceptable, además de que le gusta hablar en público”.
Aquel huérfano de padre, de complexión delgada y “muy morenito” llegó esa mañana a su casa y le dijo a su mamá: “Creo que no me van a contratar”. “¿Por qué dices eso?”, cuestionó, asombrada, la mujer. “Porque escuché que era muy morenito”, explicó el chavo con desconsuelo. “¡Anda, no hagas caso y confía en Dios”, fue la sentencia de aquella viuda ilusionada con un mejor futuro social para su hijo. Al paso de los días, la madre aquella recibió el premio a su gran dosis de fe, pues en la empresa desapareció el prejuicio y el joven “muy morenito” fue llamado a someterse a los exámenes médicos y enseguida inició su vida laboral en donde tantas personas deseaban ser admitidos.
Ese joven “muy morenito” era yo. Hoy cierro los ojos y veo el retrato de aquel flacucho afectado que de pronto vio derrumbarse las ilusiones de un mejor centro de trabajo por sentir en su pecho el dardo del racismo. Así es que sé lo que digo cuando analizo el sentir de los que aún sufren la discriminación por su color de piel o por cualquier otra suerte de su ser. Y sé lo que digo porque más adelante debí aguantar el mismo énfasis en el criterio de otras personas que trataron de lastimarme, aunque también aprendí a imponerme a cualquier adversidad en mi afán de superación.
Lo curioso y sorprendente es que durante los años de estudio que pasé en España jamás sufrí el rechazo de nadie ni me atacaron siquiera con lo de “sudaca”, e inclusive tengo emotivos recuerdos de la forma en que me tendieron la mano aquellos con quienes conviví o traté. Por eso hoy estoy conmovido con lo que está pasando el gran jugador brasileño Vinicius Junior, estelar en el conjunto del Real Madrid. No es posible creer que aún hay sujetos repugnantes que tuvieron el atrevimiento de colgar en el puente de una carretera de la capital europea una pancarta con la leyenda “Madrid odia al Real” y un muñeco con la camiseta del popular equipo merengue del seleccionado sudamericano de color oscuro, según se percibe en un video que este jueves empezó a circular en YouTube.
Obviamente, como no podía esperarse otra postura, la institución deportiva ha mostrado ya su “más firme condena” a este detestable acto de racismo, xenofobia y odio. “El Real Madrid, C. F. quiere agradecer el apoyo y las muestras de cariño recibidas tras el lamentable y repugnante acto de racismo”, escribió en su comunicado en la propia página web. “Manifestamos nuestra firme condena ante unos hechos que atentan contra los derechos fundamentales y la dignidad de las personas, y que nada tienen que ver con los valores que representan el futbol y el deporte”.
“Estos ataques” –continuó–, “como los que ahora sufre nuestro jugador, o los que puede sufrir cualquier deportista, no pueden tener cabida en una sociedad como la nuestra”, han sentenciado los directivos. Pero, contra lo que se sostenga en estos momentos como en años anteriores, la realidad es que no es la primera vez que el fanatismo se desborda a estos extremos y lastimosamente seguiremos viendo conductas de éstas, igual que la de los gritos de simio en los estadios y el lanzamiento de plátanos a figuras de las canchas solo porque tienen un color de piel que reprueban los enfermos mentales, que ni con promesas de cárceles y castigos de destierro de los escenarios deportivos.
Y no me vengan que no les duele a los profesionales del deporte. Ni que el dinero que ganan o la fama que les adorna les hace sobrellevar esta canallada. Sé de qué les hablo. Porque sé el significado que se anida en el alma cuando no has hecho nada malo para recibir el rechazo de los racistas. Pero afortunadamente también te encuentras a dignos y dignas representantes de una sociedad civilizada y a personas a quienes no les importa tu exterior para valorar tu interior y brindarte mucha comprensión y amor, como mi inolvidable esposa Iris Imelda. ¿Para qué quiero más? Lo demás es lo de menos.


