Todo se puede, aunque cuesta mucho

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Detrás de cada obstáculo siempre existe una fortaleza.

Y el maratón es un maestro experto en transformar las debilidades en fortalezas, los obstáculos en oportunidades, la incertidumbre en fe.

Sé que es un discurso que hemos escuchado miles de veces, y que parece algo trillado. Pero créanmelo, cuando lo vives en carne propia, te das cuenta que es muy distinto escucharlo o decirlo, que experimentarlo.

Lo viví en el 2020. Justo cuando la humanidad enfrentaba el desafío del Covid-19, enfrenté una lesión que amenazó seriamente mi futuro como corredora.

Al estrés que representó la pandemia se sumó la incertidumbre de saber si iba poder volver a correr, o al menos a caminar sin dolor. Por el momento, nadie me podía asegurar una cosa o la otra, sólo el tiempo era mi aliado, y claro, mi fe.

Fueron dos largos años de tratamiento médico, incluida una operación. Pero gracias a Dios, realmente gracias a él, pude estar de vuelta en la pista, en las rutas.

Llevo todo este año 2023 que pude volver a correr de manera normal, sin dolor, y con mucha esperanza e ilusión sobre el futuro. Y aunque he tardado en volver a tomar mi ritmo, estoy de vuelta.

Esta experiencia me ha dejado como fortaleza que cada vez que enfrento a una situación difícil, que incluso, pueda parecer imposible, ahora siempre pienso que puede haber una solución.

Después de haber salido de la lesión, empecé de cero en la condición, cada semana pensaba que no iba a poder correr un maratón otra vez.

Y sí lo logré. Corrí el Maratón de Monterrey en diciembre pasado, y cuando lo acabé sentí que todo se puede, aunque cueste mucho.

Cada mañana desde que nos levantamos con todo el esfuerzo y sacrificio que ello implica, el maratón nos da la oportunidad de llevar a la práctica esa frase que parece trillada, pero que sólo se comprueba en los hechos:

“Si se quiere, se puede…”.

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