A lo largo de los años, el dinero siempre ha imperado en la obtención de títulos, porque los recursos adquieren talento y, cuando este se pone de acuerdo, gana. En los tiempos más álgidos, Mourinho declaró que le daría vergüenza ganar una Champions como la del Barcelona después del escándalo de Stamford Bridge. Años después saldría a la luz el caso Negreira, donde se habla de dinero a cambio de favores.
El Manchester City de Guardiola lo ganó todo: dinero a raudales y jugadores a granel en un deporte cada vez más caro. Tiempo después, los ciudadanos serían acusados de irregularidades financieras y de falsear reportes de ingresos para cumplir, al menos sobre el papel, con el Fair Play Financiero que buscaba hacer más equitativo el fútbol.
Desde que conozco este deporte se habla de los títulos comprados del América, de la hegemonía de equipos apoyados por gobiernos. Hoy en día, los jeques árabes sacan la morralla de su monedero y revientan el mercado del fútbol. Algunos dicen que es para lavar la imagen de sus países; otros, que es para lavar dinero; y por ahí algún purista dirá que es por amor al fútbol.
No hay quien se resista a los billetazos: ni Infantino, ni la UEFA, ni nadie. El récord de títulos ahí está y difícilmente será modificado, porque no es como la Juventus y su escándalo; aquí hablamos de gobiernos con poder que, si quieren, se retiran de las ligas y las desnudan. ¿O acaso creen que la liga inglesa vale lo mismo sin el patrocinio catarí? ¿Creen que los estadounidenses pueden comprar todos los equipos del orbe? Lo dudo. Y la FIFA, las ligas locales y, para qué nos hacemos, los jugadores y técnicos, están hambrientos de dinero. Si no, ¿por qué se quieren ir todos a Europa? ¿Solo por el nivel? En parte sí, pero el dinero allá se mueve con enorme fluidez y, además, se vive bien, cosa que no siempre se disfruta en Arabia debido al choque cultural.
Si Guardiola sabía o no, solo él lo sabe. Mourinho intuía ciertas cosas y se dedicaba a provocar para desestabilizar. Pero si hubo escándalo en Barcelona y ahora en Manchester, ¿cómo quedará su imagen? ¿Lavaremos los triunfos solo porque es Pep o regresaremos a los videos y escucharemos a quienes se quejaban de ciertas cosas que ahora cobran sentido?
El poder es poder, no siempre por el dinero, sino por lo que tienes para controlar o chantajear. Si compras medio planeta fútbol, tienes con qué negociar. Pero el sabor de un deporte amañado ronda la mente de muchos aficionados que, ahora más fanatizados que nunca, prefieren correr a apostar para obtener alguna ganancia en algo que huele mal, aunque se vea bonito.
Al final, siempre hay alguien que se beneficia. A los de abajo los multan por estornudar; los de arriba simplemente arrasan y les da igual lo demás. Ganar es ganar, y eso queda en la memoria colectiva. Aun con castigos, permanecerá el recuerdo de los trofeos en las vitrinas y la sensación de superioridad, para bien o para mal. Al cabo que siempre puedes inventarte un eslogan que diga: «Ódiame más», y santo remedio.
¿Pasará algo? Tal vez. ¿Nos importará? Lo dudo. Simplemente se apuesta a ganar y, si en el futuro se descubre algo, no importa: lo hecho, hecho está. Si no, ¿por qué seguimos pensando en Messi como el mejor mientras se debate sobre un posible favoritismo hacia el Barcelona? ¿O en Pep como un genio, aun cuando se cuestiona si sus equipos rompieron reglas que otros sí respetaron? No nos importa ni nos importará. Al final, son triunfos que saben a poder, y el poder es de pocos.
¡Saludos desde el sillón!


