Por muchos, muchos años, Venezuela ha sido sinónimo de cosas malas. La noche del 17 de marzo Venezuela es, de nuevo, la buena.
Previo al partido entre México y los Estados Unidos, el manager azteca, Benjamín Gil, lo dejó muy claro: no todos los mejores peloteros del mundo son estadounidenses. Hoy ya lo sabemos.
Es difícil no separar la geopolítica del deporte, y menos en la cercanía de los tiempos en que ocurren las cosas de uno y otro lado. La crisis humanitaria que ha expulsado a cientos de miles de venezolanos y las leyendas negras que se han generado sobre sus actitudes en los países a donde llegan desaparecieron por nueve entradas en la final del Clásico Mundial de Beisbol.
Doblete de Eugenio Suárez que empujó la carrera del desempate en la parte alta de la novena entrada y excelso trabajo monticular de Daniel Palencia, quien con 11 lanzamientos culminó la hazaña, revivieron a Venezuela, la buena, la de antes de pasar por tanto sufrimiento.
Esta final de campeonato mundial de beisbol fue la menos esperada. En el mundo ideal de los organizadores, el trofeo debería de haberse disputado entre los Estados Unidos contra Japón. ¡Surprise! Los venezolanos le dijeron que no al destino, se repusieron de una derrota contra la República Dominicana en la fase de grupos y se fajaron contra los japoneses y los italianos para llegar al decisivo.
En los tiempos de Trump que se viven, que los estadounidenses fracasen en el deporte es mucho más que un segundo lugar mundial. Cuando se ganó la medalla de oro en hockey varonil a Canadá en la olimpiada de invierno, el megalómano naranja se burló en redes sociales hasta que se cansó. A ver que gestos hace después de que los venezolanos se quedaron con la copa.
Bienvenidos a los tiempos del deporte global.


