Hay dos virtudes que caracterizaron a Walter Erviti durante su etapa como jugador de los Rayados: el carácter y la inteligencia.
Durante las gestiones de Daniel Passarella y Miguel Herrera, Erviti solía ser la extensión del director técnico en la cancha para tomar decisiones en los momentos en que el ruido de la tribuna y la adrenalina ya no permiten escuchar la voz del entrenador.
Eso fue dentro de la cancha, porque afuera su peso era igual de importante, más de una vez ayudó a solucionar conflictos internos dentro del plantel y también hacia el exterior, como con la prensa.
Erviti solía tener una visión global del juego, lo que le permitía desempeñar, si era necesario, distintas posiciones en la cancha, por lo que lo mismo jugó como volante ofensivo, que de contención, lateral por ambos perfiles, y hasta en alguna ocasión como zaguero central o la punta del ataque.
Posee, además, una profunda intuición para entender la manera en que interactúan las distintas personalidades y las intenciones de la gente en un grupo humano.
El reto que hoy tiene en Rayados como director deportivo lo obligará a echar mano de todo ese arsenal de virtudes… y algo más.
Se habla de que no le ha ido bien en el rol de director técnico que ha desempeñado en equipos de Argentina y Chile, me falta información para saber exactamente qué fue lo que pasó ahí.
Pero lo que sí se es de las virtudes que le permitieron convertirse en un histórico del Club de Futbol Monterrey, y que he percibido a lo largo de muchas conversaciones con él durante aquella y a través de los años que ha estado lejos de México.
Pero también sé que el reto que enfrentará es uno de los más complicados que cualquier directivo ha tenido en los Rayados, y que tiene que ver con mucho más que elegir el director técnico o los jugadores, sino con cambiar una dinámica interna que ha echado raíces en el plantel.
Una institución que creyó hacer bien al brindar muchas comodidades a los jugadores, pero que cayó en el exceso de sobreprotegerlos a cambio del mínimo de exigencia.


