El mismo viejo terco, obstinado, de quijada de acero resistente a todo y a todos, es quien está en el timón del país en medio de este vendaval causado por una epidemia que, obvio, no es su responsabilidad.
Lo que sí es su responsabilidad es el manejo de la estrategia y conducción de la emergencia pues él es el mariscal. Es el mismo viejo testarudo, correoso, valiente e intenso que tuvo las agallas para sacar de la presidencia a la manada de hienas que se tragaban el país en un festín de rapiña.
Fue él quien tuvo las cualidades necesarias y suficientes para desterrar a los zopilotes de esta gran nación. Todas esas cualidades se ocupaban para poder arrebatarle el poder a la infernal jauría, con un desenlace feliz para todos los que votamos por el.
Esos atributos que lo sentaron en el poder y evidentemente son los mismos que le acompañan ahora que es gobierno, lo retratan de cuerpo completo; sigue siendo el que aguanta la presión de la quijada de una hiena que lo muerde en el chamorro sin hacer gestos ni poner cara de espanto.
Hoy lo que fueron atributos se vuelven en su contra en el manejo de la epidemia pero, ¡carajo! el hombre es así. Por mi parte, y hablo exclusivamente a título personal, tiene mi confianza y estoy seguro que no va a cambiar.
Claro que me gustaría ver otro discurso, otra actitud, pero también estoy seguro que eso no va suceder. Se que si esta pandemia nos prende de frente cómo un tren a toda velocidad, cuando todo esto termine el país entero vivirá otra realidad, no serán las mismas cartas o el mismo juego, todo será nuevo.
Habrá ganadores y perdedores en lo político, en lo económico, en lo social… vaya hasta en lo psicológico.
Los que dan pena y asco son los rufianes que se frotan las manos esperando que al presidente le explote el país en la cara como olla de presión, para endilgarle todas las culpas y dejarlo para el deshuesadero político, en un evidente y vil deseo enfermizo con el que parece sacan toda su frustración y donde ya se vieron levantando sus manos en medio de la muerte y el desastre.
Despojados de sus privilegios, prenden velas a todos los santos para que nos atore la mala racha y así puedan hacer trisas al buen hombre que no arrecula ni cambia de forma, quien se sigue de frente, poniendo torpemente en juego todo su capital.
Por lo pronto hay que esperar a ver en qué termina esta tremenda película de terror y finalmente como se acaban por acomodar las calabazas…


