Corrupción e impunidad

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Decía el gran Vicente Leñero que los países tercermundistas son un agasajo para los periodistas porque están repletos de noticias sobre corrupción, de manera que los reporteros no terminan de investigar un caso cuando las pistas los llevan a otros más, y así llenan páginas y páginas de historias pestilentes en los diarios y tiempos de los medios audiovisuales. A eso hay que sumarle la conducta delictiva de tantos malos ciudadanos que son parte de la nota roja en los periódicos un día sí y otro también.

Y Leñero comentaba con una fina ironía que ser periodista en estas circunstancias es muy entretenido, mientras que el aburrimiento es el sello de los medios informativos en países de alta educación y civilidad como Noruega, Dinamarca, Finlandia, Suiza, donde la salida del sol es la que llama la atención y no hechos negativos de una sociedad tan ordenada.

Agregaba el ilustre dramaturgo que, particularmente en México, el medio político es un semillero de notas sensacionales y a veces sensacionalistas por las uñas largas de quienes alcanzan el poder y no contienen su codicia innata al oler el presupuesto o al administrar el erario de cualquier entidad gubernamental, y dar así abundante materia prima a los verdaderos sabuesos del periodismo que no se vuelven cómplices del corrupto, porque también los hay (corruptos ) en la prensa, la radio y la televisión.

No nos extrañe, entonces, que el desfile de políticos deshonestos sigan dando de qué hablar en nuestros días, e inclusive el Presidente Enrique Peña Nieto no haya podido quitarse el estigma del conflicto de interés por haber comprado la casa en el club de golf de Ixtapan de la Sal a uno de los contratistas más favorecidos por su gobierno, a pesar de las argumentaciones en que se excusa para que la opinión pública lo exonere. Nada de eso.

El peso ligero de la culpa en su conciencia no concuerda con la severidad del juicio a que sigue sometido por los sectores más pensantes del país.

Y más cuando no ha desaparecido la sospecha de que su esposa Angélica Rivera “La Gaviota” también se valió de las influencias del primer mandatario para comprar la hoy famosa “Casa Blanca” a Grupo Higa, la cual le tendió también facilidades de pago y bajos intereses al Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, para la compra-venta de una mansión en Malinalco, Estado de México, así como la renta de un terreno colindante. La defensa que arguyen a su favor no ha valido de nada.

Así es que la danza de noticias acerca de otros gobernadores como Tomás Yarrington (de Tamaulipas), Andrés Granier (de Tabasco), José Mural (de Oaxaca) y Ángel Eladio Aguirre Rivero (de Guerrero) sigue alimentando el morbo insaciable de lectores que apenas dan crédito a la forma como la banda de sinvergüenzas del gobernador con licencia de Guerrero robaron 287 millones de pesos, triangulando transferencias con empresas favorecidas con contratos de obras federales y estatales.

La misma historia de siempre. Pero esta vez Ángel Eladio Aguirre Rivero se pasó de la raya porque ha sido descubierto como un vivales que tenía registradas cuatro distintas fechas de nacimiento, que son 8 de febrero, 21 de abril, 23 de julio y 18 de septiembre de 1956. Y en sus cuentas de marzo de 2003 a marzo de 2011 el ex primer mandatario guerrerense tuvo depósitos en sus cuentas por 7 millones 92 mil 229 pesos y retiros por un millón 995 mil pesos.

En efectivo, Aguirre Rivero , de 2002 a 2009, recibió 5 millones 19 mil 775 pesos y retiró 350 pesos en sus tres cuentas bancarias que ya han sido congeladas por sospechas de lavado de dinero, de acuerdo con la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

Pero la realidad es que no vemos para cuándo termine tanta corrupción si los que se lanzan a esta actividad tan lucrativa saben que no les pasará nada porque la impunidad los protege y al final de cuentas recurren a argucias políticas para negociar el perdón sin regresar el dinero sustraído del erario u obtenido con trampas que tratan de despistar el conflicto de interés.

En síntesis, la corrupción no terminará jamás si el estado de derecho no termina también con la impunidad. Y entonces el periodismo seguirá dándose banquetes de informaciones de rapiña y lavado de dinero, como lo dijo en su momento el inolvidable Vicente Leñero.

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