La mañana de este martes me impactaron no muy gratamente las imágenes del candidato emecista, Samuel García, al frente de su ejército “matón”, en las gradas del Palacio de Gobierno. Su camisa negra y algunas poses “pa’ la foto” me recordaron al dictador italiano Benito Mussolini, sin duda un buen maestro del otro distinguido ejemplar de la peor fauna humana, Adolfo Hitler. No le veo al regiomontano (o sampetrino, o guardabajeño, ya ni sé) los alcances de aquellos líderes, pero sí he encontrado algunos detalles de su discurso que me hacen recordarlos. El primero, el más querido de todos ellos, es el retorno a una “grandeza” pasada. Trump, un distinguido neonazi de closet, lo usó hasta como lema de campaña. El nuevo Nuevo León es una versión menos obvia pero consanguínea, e inició precisamente casi copiando el lema de Trump.
Como quiera me resistía a tomarlo muy en serio, al fin que todos los partidos dicen más o menos lo mismo, aunque se adjudican esa “grandeza” a ellos y no a un mito fantasioso. Porque en Nuevo León, y en México, nunca estuvimos mejor, siempre hemos estado jodidos.
Otro recurso que me daba mala espina es el “rollo mareador”. Los famosos discursos de Hitler eran enfáticos más que sustanciales. Reforzados con imagen, poses, desplantes, alelaban a los germanos que no se reponían aún del desastre económico al que los llevó la Primera Guerra Mundial. Un viejo alemán, refugiado en México, me contaba que la crisis era tan grande que la harina la vendían alterada con paja (obviamente no era nazi, estaba casado con una gitana). En esas condiciones se comían y creían cualquier cosa. En Nuevo León no llegamos a esos extremos, pero existe una crisis económica real desde hace años (invisible aún para algunos necios). Muchos jóvenes, que creen que esta crisis es una novedad, se marean fácilmente con el rollo de un pasado inexistente, no por tontos sino por ignorantes, y por la angustia sobre un futuro incierto que les construyó una serie de gobiernos, y para muestra un botón: las pensiones. El joven Samuel, exitoso profesionista, es un excelente anzuelo. Y esa imagen, sazonada con un discurso enfático e insustancial, alela tanto que se dejan pasar las contradicciones y las obvias trampas para su proyecto. La más obvia: la ruptura con el convenio (pacto) fiscal, condición sin la que su proyecto no es viable.
Pero donde mis lejanas raíces semíticas se erizaron, fue cuando el joven Samuel asumió que en Nuevo León no sólo somos distintos sino mejores que el resto del país, o por lo menos el sur de la República. Incluso como para que se diseñen programas educativos especiales. ¡De por sí, por tradición decimonónica, somos románticamente separatistas! Es cosa de rascarle un poquito con demagogia descarada para despertar esa soberbia reinera que nos hace creer que fuimos tejidos a mano.
Más peor, el joven Samuel, por ignorancia o malicia, no ha sabido evaluar correctamente los números del INEGI sobre el crecimiento de la población en el estado. No, no es que los nuevoleoneses seamos muy cariñosos y prolíficos, es que somos el objetivo de la migración de esos sureños que desprecia y ningunea con su discurso. Sí, durante años nos casaron entre primos; gracias a los “sureños” ya no es necesario. Y todos ellos, los nuevos nuevoleoneses que hacen el verdadero nuevo Nuevo León ¡también votan! Pero en su rollo, el joven Samuel parece suponer que el éxito económico (por ahora muy desvencijado), se debe exclusivamente a los reineros de prosapia, y que los migrantes son sólo siervos de estos señores feudales. ¿O qué? Un tlaxcalteca, un potosino, un chiapaneco, ¿se convierten en próceres y líderes empresariales al llegar a Nuevo León con sólo beber agua de la Fuente de Neptuno? ¡Cuál agua!
Existe, por supuesto que existe, la posibilidad de que el joven Samuel llegue a ser gobernador. Asumo que yo no estaría muy cómodo bajo un gobierno como el que pretende encabezar. Pero como buen republicano, no dudaría en llamarlo “ciudadano gobernador”, y con todo respeto. Al cabo tengo experiencia en vivir incómodo bajo otros gobiernos.
Y como es inevitable, debo reconocer que la grosería que hicieron Clara Luz Flores, Adrián de la Garza y Fernando Larrazabal, al dejarlo solo en el debate organizado por El Norte, es una magnífica grosería, pero no iba dirigida a él sino al diario.
Incluso debería agradecerlo porque fue una lección de dignidad, civilidad y ética periodística. Larrazabal lo definió impecablemente: “no era un debate, era una emboscada”. Algunos comedidos han dicho que fue un boicot. En efecto, lo fue. Pero no por falta de argumentos para debatir, sino porque por lo visto los candidatos ausentes no estaban convidados a debatir sino a defenderse. Si a mí me fueran a fusilar, yo también les mojaba la pólvora. Así, sin querer y hasta algunos contradiciéndose, exhibieron que Samuel tiene razón en una cosa por lo menos: no es el candidato del Presidente sino de uno de sus principales adversarios.
Por lo pronto, la hebra que deshilaron con estas ausencias, es lo suficientemente grande para jalar y desentramar tejidos finos de injerencia política desde este y otros medios. Nos quedamos con un Samuel que seguramente se crecerá al castigo de sus iguales como cualquier chamaco que celebra la ausencia del enemigo como un triunfo épico de la valentía contra la cobardía, cuando en realidad, no puede haber victoria si nunca hubo batalla. Lo mandaron del discurso de campaña al soliloquio. Debatió contra sí mismo; habrá qué ver cómo lo evalúan o lo arropan en ese medio. En eso sí conoceremos la habilidad estratégica del diario, no de Samuel. Y bueno, no es tan malo hablar consigo mismo, a menos que uno se mienta y además se lo crea.


