Derechos consolidados

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Durante el segundo informe de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, uno de los temas principales fue el relacionado con la alegría y el bienestar como propuesta de Margarita Maza de Juárez, la esposa del gran patricio latinoamericano.

Ésta está a punto de lograrse con la consolidación de los derechos que se han arraigado en México y en los mexicanos, a contra pelo de los afanes de la ultraderecha promovida por los beneficiarios de la excesiva acumulación de la riqueza.

Al respecto, habría que recordar el magnífico texto de la eminente comunicóloga colombiana Teresa Consuelo Cardona: “Solo se defiende lo que se conoce. Y quizá una de las razones por las que una sociedad permite que le arrebaten derechos es precisamente porque nunca aprendió a reconocerlos como propios. Nos enseñaron a identificar algunos derechos —la vida, la libertad, el voto, la propiedad—, pero muy poco hablamos de los llamados derechos de tercera generación, esos derechos colectivos que no pertenecen solamente a un individuo, sino a los pueblos y a las generaciones presentes y futuras.

Son derechos a la autodeterminación, a la independencia económica y política, a la identidad cultural y nacional; a la paz, a la cooperación entre los pueblos y a la justicia internacional, así como al acceso a los avances de la ciencia y la tecnología; a resolver colectivamente problemas como el hambre, la educación y la crisis ecológica; al medio ambiente sano, al patrimonio común de la humanidad y a un desarrollo que permita una vida digna. No son adornos del discurso internacional: son conquistas históricas de la humanidad frente a la guerra, la explotación, el colonialismo, la desigualdad y la destrucción de la naturaleza”.

México nace a la vida independiente como un imperio gracias a la traición del comandante de los Dragones de la Reina, Agustín de Iturbide, quien había jurado lealtad a la Corona Española. Junto a él, Vicente Guerrero se convierte en mariscal de campo del imperio; pero, la firmeza de Guadalupe Victoria, una de las mentes más brillantes de la guerra de independencia, al interpretar la vocación del pueblo mexicano, logró la instauración de la república federal, representativa y popular.

La Iglesia y las fuerzas reaccionarias trajeron de ultramar a un príncipe rubio de rancio linaje para que gobernara México durante el Segundo Imperio Mexicano. Maximiliano de Habsburgo era alto, rubio y noble, un gran contraste con el presidente Benito Juárez, indio zapoteco prieto, feo y testarudo; pero, si uno representaba a la aristocracia europea, hereditaria y autocrática, el otro era la encarnación del espíritu mexicano, humanista, ecologista y solidario.

Porfirio Díaz no se coronó emperador, sabía que eso no le gustaba a los mexicanos; pero, si fue un autócrata rodeado de una corte imperial proclive a la entrega del país a los intereses extranjeros si con ello lograban amasar colosales fortunas. La Revolución Mexicana se inició como un movimiento político bajo el lema de Sufragio Efectivo, no Reelección; pero, con el asesinato de Madero, se trocó en la primera revolución social del siglo XX, de la que nace, luminosa la Constitución de 1917.

Ahora, ante el amago de las fuerzas de la reacción, aliadas a los intereses extranjeros, la Cuarta Transformación de la vida pública nacional, ha logrado consolidar los derechos individuales y colectivos, llevándolos a la Constitución para que se conviertan en legítima expresión de justicia social y resulten inalienables. Ello ha venido a constituir una fortaleza de resistencia ante los embates de dentro y de fuera.

México es, y será, baluarte de democracia y justicia social. Con la presidenta Sheinbaum, alegría y bienestar.

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