Desde hace unos meses se ha comentado acerca de la situación que están atravesando cantantes y grupos que, a través de sus canciones, relatan hazañas, conflictos, lujos, eventos y situaciones que involucran a figuras del narcotráfico. A estos temas, donde se glorifica la vida del crimen, las armas, la violencia y el poder que tiene el narco, se les ha denominado narco corridos.
De manera voluntaria o involuntaria, alguna vez los hemos escuchado a través de grupos populares como Los Tigres del Norte, Los Tucanes de Tijuana, Los Alegres del Barranco, o cantantes como Gerardo Ortiz, Luis R. Conríquez, Natanael Cano, Peso Pluma, entre otros. Es un tema complejo que se sitúa entre la seguridad pública y la libertad de expresión artística.
Muchos ven los narco corridos como un camino atractivo donde se refuerzan estereotipos negativos y se considera que fomentan en la juventud actual la admiración por criminales. En contraste, hay quienes defienden este tipo de expresión musical y aseguran que son un reflejo de la realidad social que viven diferentes estados del país, especialmente en regiones donde el narco es una presencia cotidiana.
Aunque para muchos son parte de la cultura popular y expresión artística, su contenido está generando un intenso debate en México, llevando a restricciones y prohibiciones. Estados como Chihuahua, Sinaloa, Baja California, Sonora y Coahuila han impuesto sanciones que van desde multas y cancelación de conciertos hasta la prohibición de la reproducción de dichos temas en medios públicos.
El debate legal y cultural no se ha hecho esperar. Las voces a favor de la prohibición argumentan que se disminuye el riesgo de violencia en eventos públicos y, a la vez, se protege a la sociedad de la glorificación del crimen. Quienes están en contra consideran que es censura y una violación a la libertad de expresión, ya que el problema real es el narcotráfico, no las canciones que lo retratan, pues la música refleja una realidad social, aunque esta sea cruda o incómoda. En un país afectado por altos índices de violencia y desigualdad, este tipo de música puede generar una normalización del crimen al presentar a los narcotraficantes como personas exitosas, poderosas e invulnerables.
Algunos artistas han optado por modificar las letras para evitar sanciones o agendar sus presentaciones en estados donde aún no hay restricciones. También han creado alternativas al tema original, denominadas “corridos progresivos” o “corridos con causa”, que llevan un mensaje positivo y relatan historias de superación.
Prohibir abre la puerta a la represión de otros géneros musicales, obras literarias o manifestaciones culturales incómodas para el poder político. Atacar la música no resuelve las causas profundas del crimen organizado, como la pobreza, la corrupción, la impunidad y la falta de oportunidades para los jóvenes. Más que censurar, se necesita enfocar esfuerzos en combatir las causas estructurales de lo que refleja esta dura realidad en México, además de promover una cultura de paz mediante educación y fortalecimiento del tejido social.
Solo así podremos cambiar la historia de lo que hoy se canta.


