El emperador del norte. Ficción política.

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Era un día de primavera con características de sensaciones muy cálidas, que brindaban una percepción de calor lacerante en la piel en la comarca donde se avecinaban unas elecciones inéditas en un lugar del norte de un país que no terminaba de aprender a ser democrático. Años antes la máxima autoridad de esa península había llegado convenciendo a los ciudadanos que quienes los habían gobernado era prácticamente un hecho que se irían, y que con él estaba arribando un gobierno diferente para mejor, le creyeron que parecía y era diferente.

Con el paso del tiempo la seducción del poder y del dinero hizo mella en quien había jurado no tener nada que ver con cosas que parecieren desagradables a los ciudadanos de la península; la plenitud del poder ejercido era tan determinante que todo lo justificaba. Resonaba en su interior aquella emblemática frase de Luis XIV que ostentosamente y sin pudor decía: “El Estado soy yo” y ninguno de los que le rodeaban lo invitó a la mesura en esa determinación.

Al contrario, excluyeron a todos aquellos miembros de su partido que podrían hacerle sombra. Solo estarían cerca quienes abonaran a la idea de engrandecer sin límites el poder obtenido. La bonanza política y económica era apoteósica y el horizonte futuro hacía suponer que sería cada vez más.

Pero en el país al que pertenecía, a finales del siglo XX y principios del XXI, la ambición política y mercantil de este personaje sufrió dos arteras mutilaciones que refutaron o relativizaron el ánimo de poder que parecía frenético e indomable, pues con tanto control político nadie imaginaba que algún día las cosas cambiarían. Ignoraron la historia inmediata anterior de la península que gobernaban. La desmemoria progresiva de todos sus asesores se convertía en su peor enemigo.

Desconocieron que la benemérita historia si la ignoras se vuelve a repetir. De tal forma que la trágica pérdida de la humildad y la mesura trajeron a todos sus leales la peste del olvido, como un maldito presagio de “Cien años de soledad” de García Márquez. Olvidaron lo que le había sucedido a quienes los antecedieron en su gobierno.

A la peste del olvido se vino la peste de la soberbia y ya nada pudo detener el frenético efecto de lo que dichas pandemias ocasionan en los lugares donde invaden con su malestar. Los incondicionales estaban contagiados igual que él; no había uno solo que recordara la historia, no la historia lejana, sino la que habían vivido dieciocho años antes.

A los súbditos y ciudadanos les llegó la pandemia del miedo. Veían cómo su máxima autoridad se había convertido prácticamente en dueño único de su península. No había poder más allá, todo lo controlaba. Y aunado a eso el poder del tesoro se multiplicaba generosamente. Los pobladores callaban resignados porque el poder acumulado sumado a las pandemias del olvido y de la soberbia hacían ver a su, ahora rey o emperador, más grande de lo que en realidad era.

Esta isla o península, lejana geográficamente del poder central del máximo reino y muy lejos del interés político para voltearla a ver, sufrió una derrota que no pudo asimilar. El nuevo máximo rey de esta nación ficticia no era del mismo tenor político del que siendo autoridad electa con el paso del tiempo se había convertido en emperador.

La pandemia de la soberbia no les permitió hacer los ajustes necesarios en el trato con los adversarios. Simplemente hacían las cosas porque querían y porque podían.

Se manejaba una ley no escrita que dominaba a los ciudadanos con su pandemia del miedo. A todo aquel que pensara diferente había que estigmatizarlo y recordarle que el ahora emperador era capaz de todo, que era sustancialmente vital tenerle más miedo que el miedo que ya generaba la pandemia del miedo.

Todos sus empleados y súbditos debían de estigmatizar negativamente a quienes pensaran diferente o lo criticaran. Expresiones como: “Si te viera con la pura mirada te controlaría” eran diseminadas entre sus críticos para infundir más miedo del que la pandemia del miedo ya generaba.

En este reino de las leyes no escritas hubo otra: En las discusiones para decidir si se apoyaba o no los proyectos del ahora emperador se concedía a sus súbditos o empleados el derecho a que, ante la falta de argumentos para poder defenderlo se les permitía recurrir a la ofensa personal.

En medio de las dos pandemias, olvido y soberbia, nadie entendió que sin una memoria colectiva que defienda el recto sentido de gobernar, la polémica entre adversarios ideológicos aterriza siempre en una pugna visceral donde siempre se imponen las formas del más fuerte, del que más ofende o del más gritón. Preservar la historia olvidada es la mejor arma contra la tergiversación sistemática del poder que busca divorciar a los miembros de una comunidad en beneficio propio.

El tiempo hablará.

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