Lo ocurrido ayer en Culiacán ha sido el mayor fracaso en lo que va de la administración de Andrés Manuel López Obrador, aunque el propio Presidente no lo quiera reconocer.
Lo que pretendía ser el golpe que encumbrara a la controversial Guardia Nacional, terminó por legitimar al crimen organizado como única autoridad en Sinaloa.
La liberación de Ovidio Guzmán “El Chapito“ bajo el argumento de evitar más violencia en la capital culichi mandó un claro mensaje de debilidad del Gobierno Federal a los mandamás de muchas zonas del país, una tibieza que seguramente será bien aprovechado por la ilegalidad.
¿Qué se puede esperar ahora si los delincuentes ya saben que con amenazas y desorden se consigue dar marcha atrás a todo un operativo especial?
Ayer, el crimen organizado demostró que, como su nombre lo dice, está más organizado que el propio gobierno y que sus estrategias son más efectivas que las de la Secretaría de Seguridad.
Por las redes sociales circularon videos en donde civiles armados alertaron a la población sobre su “jugada“ y los invitaban a resguardarse. Ellos ya tenían claro su objetivo, el Gobierno no.
Las inconsistencias en las declaraciones, de ayer a hoy, de Alfonso Durazo, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, exhibieron una falta de planeación y, peor aún, de credibilidad ante la ciudadanía.
Ahora, aunque no le guste, López Obrador debe de reconocer que la delincuencia no se combate con “fuchis“ ni “guacalas“ sino con inteligencia.
Por si fuera poco, también tendrá que soportar los ataques de la oposición, que de una forma vulgar e insensible, está celebrando la derrota del Estado o lo que es lo mismo, la victoria del narco en Sinaloa.


