Historia de dos ciudades

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“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.”

Estas líneas, que fueron escritas por Charles Dickens en 1859, bien pueden usarse para describir a Monterrey y su área metropolitana en este 2023.

Si, la llegada de grandes inversiones que suman a la determinante aportación del estado a la economía nacional, en particular en las llamadas actividades secundarias como la manufactura y la construcción, brindan esperanza y seguramente traerán muchas más oportunidades de desarrollo y progreso para los habitantes del metroplex neolonés.

Si, la expansión y mejora de la infraestructura en carreteras y al sistema de transporte público metropolitano facilitan traslados de personas y mercancías, además de potenciar el intercambio comercial con el mercado de los Estados Unidos.

Si, en postales, videos y redes sociales la imagen de Valle Oriente sorprende al mundo por la combinación de desarrollo y naturaleza que enorgullece a sus residentes al mostrar el futuro hecho presente.

Si, el metroplex neolonés es pilar de desarrollo, pero también de a poco se ha convertido en un sepulcro social, en el que las dinámicas de violencia de todos tipos, en especial la llamada “violencia estructural”, que ocurre cuando alguna o algunas estructuras o instituciones sociales pueden dañar a las personas al privarlas o limitarlas de obtener sus necesidades básicas.

En Monterrey y su área metropolitana la violencia estructural existe. El desorden tolerado en el transporte público, la contaminación ambiental, la presencia del crimen organizado, el aumento de las agresiones a mujeres y dentro de la familia, los constantes cortes de agua y energía eléctrica, las elevadas dinámicas de consumo cotidiano de alcohol entre personas de 12 a 65 años que duplican el promedio nacional, además del consumo de drogas ilegales y médicas que también rebasa la media y el deplorable estado del panorama urbano se conjuntan en una terrible olla de presión que, para miles, encuentran escape en los estadios de Guadalupe, San Nicolás y Monterrey.

Hace poco, la comunidad regia supo de la historia de Pedro y Ayman, una pareja de jóvenes migrantes potosinos que, atraídos por la esperanza de progreso, llegaron a Monterrey a punto de ser padres. La “violencia estructural” que ya venían sufriendo y que se extendió en su nueva tierra los llevó a dormir en una banca y con su bebé en una caja de cartón encerado habilitada como cuna.

Con historias como estas, la narrativa oficial de progreso y desarrollo de Nuevo León se cae a pedazos, porque no es la única, ni será la última mientras quienes gobiernan y quienes emplean no hagan algo diferente.

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…”

Horacio Nájera es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UANL y maestrías en las Universidades de Toronto y York. Acumula 30 años de experiencia en periodismo, ha sido premiado en Estados Unidos y Canadá y es coautor de cuatro libros.

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