In memoriam de Magdaleno Infante Álvarez. (QEPD).
Hoy quiero compartir cosas de la vida cotidiana. Nada de abordar el tema de convocatorias en plena pandemia para apoyos multitudinarios que pusieron en riesgo sanitario a mucha gente y que legalmente no aportan nada al tema toral. No veo a Alejandro Gertz Manero con sus documentos legales llenos de fárrago deteniendo el proceso, porque después de la marcha va a pensar que Cabeza de Vaca es políticamente radioactivo y lo mejor es parar todo. Claro que no. Seguro que algunas cabezas de asesores van a rodar por este mal consejo.
No estoy seguro si los convocados que asistieron son personas que todo lo tienen que aceptar sin rechistar, puesto que es la guerra, y la guerra está en el programa de los hombres, como el terremoto o la erupción volcánica están en el programa de la naturaleza. Muchos de ellos tienen que definirse ante la nueva realidad política.
En algún momento el gobernador se comparó con AMLO ante la amenaza de desafuero. Creo que son proporciones que podemos catalogar de oxímoron. Muy semejantes pero totalmente diferentes. Podemos asumir, sin temor a equivocarnos, que nunca las reincidencias tienen la brillantez de las incidencias. Es decir, nunca segundas partes fueron mejores. Menos en este caso.
No me queda más que fruncir el ceño ante aquella tempestad que viene del centro, pasa por Victoria y nos toca indirectamente en todo el Estado frente a los candorosos sueños electorales de muchos de los asistentes, que buscan tener un futuro menos incierto que el que hoy transpiran ante sus potenciales electores. A veces para llegar lejos hay que tragar sapos legales y hasta sanitarios.
Digo la verdad, que quisiera renacer de aquí a doscientos años, para oír lo que dirá la posteridad de la manifestación de ayer. Ya me extendí mucho en un tema que no quiero abordar.
Ignorando súbitamente el tópico original, y cambiando de tema como se cambia de canal en un aparato de TV, puedo parecer egoísta o insensible, pero como conversador familiar soy genial; digo esto sin perder de vista que el halago en boca propia es vituperio. Acojo las charlas en familia con alborozo, con sagrado respeto y gratitud, cual regalo de los dioses, aunque algunas veces me puedan ignorar, no pasa nada, no es el fin del mundo. Amo la imperfección de mi familia porque me siento amado en el caldo de imperfecciones en que me cocino cotidianamente.
Te comparto apreciado lector que con una familia como la que tengo es fácil lograr los tres grados y modos de la paternidad que todos conocemos: Escribir un libro, plantar un árbol y engendrar un hijo. Yo tengo tres. Isaac, Monserrat y Natalia. Solo me falta el libro.
Pero te distraigo con esta adorable digresión porque siento en mí la inmensa necesidad de compartir contigo, sesudo lector, motivos existenciales de gran calado de quienes fungen en mi vida como mi piso firme, ese grupo que llamamos familia.
Yo tengo uno de esos grupos, somos tan iguales y tan distintos a la vez. Nuestra esencia es parecida a los elementos químicos de la tabla periódica. Por cierto, aquí debo hacer una pequeña acotación de nepotismo, mi madre fue química industrial. Ciencias exactas. Ideas cuadradas. Compromisos largos. La antípoda de mi existencia. Por ella conozco que los seres humanos y más los miembros de las familias son como componentes químicos, nos repelemos o nos atraemos en forma natural y sin explicación alguna.
Saber y conocer esto es oro molido en las relaciones humanas. Hay familias que todos sus elementos (químicos), se atraen sin problema alguno y otras sufren por encontrar la más mínima coincidencia. No se les da estar tan juntos.
Querido y dilecto lector, la cosa se nos puede complicar existencialmente si viene a nuestra memoria aquello de: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pero déjame decirte que todo está resuelto mientras no odiemos a nadie. Odiar, según tengo entendido, es como tomar veneno y querer que le haga efecto al que odiamos. Pues no.
Si entendemos lo de la cuestión química, que hay personas que inexplicablemente, aun dentro de nuestra familia, se nos complica el trato y solo nos alcanza para convivir con ellos un día, una hora, quizá un momento, simplemente aceptémoslo y hagamos de ese lapso de tiempo una eternidad poética.
No tenemos que convivir más del tiempo debido. Y no tenemos que amarlos tanto como aquellos a quienes se nos facilita amar con devoción franciscana. Si a uno lo puedo amar una tonelada y a otro solo una libra, eso es genial, siempre y cuando no los odiemos.
Hoy simplemente quise decir que adoro los encuentros ocasionales con mi familia imperfecta que hoy las restricciones pandémicas nos obligan. Y curiosa y químicamente creo que los amo más.
El tiempo hablará.


