Una de las conclusiones del pasado proceso electoral que abarcó gran parte del padrón ciudadano de México, no es el triunfo sorpresivo del PAN-PRD en algunos Estados. Ni siquiera el hecho de que llegaran a proceder algunas impugnaciones del PRI. Ni el golpazo político que se llevó el Presidente Enrique Peña Nieto por su impopularidad.
No. Lo más lamentable es que vamos a seguir padeciendo una tremenda partidocracia. Es decir, la mafia de siglas que se disputan el poder en nuestro país, consolidó su imperio. Borró, casi de plano, la figura de los candidatos independientes al ponerles trabas y más trabas en sus aspiraciones de alcanzar un puesto de representación popular, pues “El Chacho” Barraza en Chihuahua fue el único que dio la pelea por una gubernatura, en tanto que en Cossío, el municipio más pobre de Aguascalientes, ganó al PRI un profesor que se lanzó por su cuenta.
¿Y qué significa padecer la partidocracia? Pues el derroche de recursos y el sangrado de dinero público para mantener su voraz apetito. Y, peor todavía, el riesgo de que los cotos de poder en los Estados se vuelvan infranqueables y caigamos en una tiranía ajena a los intentos de libertad de los grupos que no se quieran someter al liderazgo de quienes se creen dueños de las siglas.
De nada sirve que en Tamaulipas, por ejemplo, haya salido a votar más del 56 por ciento de las personas registradas en el padrón electoral, lo cual es un gancho al hígado al abstencionismo, si los mismos partidos serán los que partan el queso, con todo y la alegría por la alternancia en un enclave de dictadura priísta desde hace más de 80 años. La alegría por ver caer al Tricolor en las urnas puede convertirse en tristeza si no cambian las cosas y si los partidos siguen haciendo de las suyas con los ciudadanos y con los millones de pesos que alimentan su hambre económica.
Queda para la historia la respuesta de hombres y mujeres en las 4 mil 527 casillas instaladas a lo largo y ancho de la entidad, de Nuevo Laredo a Tampico-Madero. Y es histórico también el registro del triunfo del PAN-PRD al rebasar el 50 por ciento de los votos, contra apenas el 36 por ciento de la alianza del PRI y otros partidos. ¿Cuándo se había visto eso aquí? ¿Y quién imaginaba que ahora se lograría con el candidato García Cabeza de Vaca tan cuestionado? Así es que no hay que echar lo conseguido a la basura y hay que confirmar la confianza de los sufragantes en los nuevos tiempos.
En Veracruz no hay manera de hacer saber a los más fanáticos del PAN y del PRD que el júbilo puede ser pasajero si no mejora el panorama de la seguridad pública y del atropello a los más elementales derechos que fueron la afrenta más visible del actual gobernador Javier Duarte en que se basó el derrumbe del PRI. Pero hay que trabajar pensando más en la gente que en los partidos, porque si bien es cierto el 2018 está muy cerca, también hay que evitar la distracción de lo prioritario porque los que pusieron su esperanza en el cambio merecen buenos resultados desde el primer día del nuevo gobierno.
En fin, sigamos vigilando a los partidos. Y sigamos exigiéndoles que moderen su derroche de dinero y tantos gastos superfluos. Pero más todavía: Exijamos que no sigan operando como una mafia o una agencia de colocaciones para amigos e incondicionales corruptos o que no sirven para nada.
Partidocracia: ni modo. Pero con un enfoque diferente.

