Me niego a escucharla

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Por alguna razón repelo en automático leer libros escritos por ex presidentes mexicanos. No sé, me da tirria. Siento que sus trabajos publicados posteriormente a ser mandatarios resultan algo similar a la frase: A toro pasado, todos somos Manolete, o como diríamos los mexicanos, todos somos ching…

La frase explicada por el diccionario de Oxford fortalece la idea: “cuando ya no es el momento de hacer una cosa determinada porque se conocen el resultado o las consecuencias de una acción”.

Así, por eso mismo, y porque no pienso contribuir a la riqueza de los ex presidentes mexicanos, es que no quiero leer sus libros, y ni siquiera gratis porque algunos los puedes bajar de Internet.

Aunque siempre habrá quien quiera empaparse de la sabiduría de los ex, ahí van algunos de sus títulos: “México: un paso a la modernidad”, Carlos Salinas; “Convicciones democráticas”, Ernesto Zedillo; “Sigamos adelante”, Vicente Fox; “Los retos que enfrentamos”, Felipe Calderón; “México la gran esperanza”, Enrique Peña Nieto, en este caso escrito en sus tiempos de aspirante a la presidencia.

Casi se me cuela el libro “La mafia que se adueñó de México… y el 2012” de Andrés Manuel López Obrador, ¿será que está tan visto que me imagino que ya fue presidente en alguna época pasada?

En fin, así las cosas y con tantos ires y venires en el plano político de nuestro país (para que lastimosamente quedemos igual o peor que como estábamos), paso de leer las obras de quienes han gobernado.

De este tema permítame saltarme a otro enfocado a los billetes de curso legal. La semana pasada hubo tres pequeños incidentes que me pusieron a pensar y me preocuparon. No sé si esté justificada esa preocupación, pero sentí como que una lucecita de precaución se encendió en mi cerebro.

Estando en una tienda Bodega Aurrerá en Poza Rica, Veracruz, al querer pagar con un billete de 50 pesos que estaba roto, pero no inservible, el cajero se negó a recibirlo, dijo que él tendría que reponerlo, pues no les permiten recibir papel moneda en esas condiciones.

Luego en Naranjos, Veracruz, al mostrar un billete de 500 pesos, la empleada me dijo que esperara, y que lo lleva con su jefe para que lo revisara, preguntándole si no era falso. Él le contestó que no y pude pagar.

Otro día, pero ahora en la oficina de Transpaís en Ciudad Victoria la vendedora de boletos se negó a recibir un billete de 200 pesos porque estaba deslavado, y sí, lo metí a la lavadora sin querer y el aparato que tienen para checar el papel moneda marcaba error, así que no pude pagar con él, porque también tendría que reponerlo la empleada.

Esos tres incidentes, en menos de una semana, me pusieron a pensar, ¿será que algo está pasando, que los empresarios saben y nosotros no, para que estén rechazando los billetes que presumen no les aceptarán en los bancos?

Ante esos rechazos, si es que están generalizándose, es conveniente que el Banco de México salga a dar una explicación o por lo menos recordarles a los empresarios que los billetes valen, aunque estén un poco dañados.

O que nos avisen si se está gestando otra devaluación como en los tiempos de Miguel de la Madrid, en que tiro por viaje nos recetaban la depreciación de nuestra moneda frente al dólar.’
Y por cierto, De la Madrid también escribió libros después de ser presidente, los que tampoco he tenido la intención de leer.

Ya para cerrar este recorrido, les comparto que así como me niego a leer los libros de los ex presidentes, también rechazo escuchar el disco de Beatriz Gutiérrez Müeller. Si a los libros no le encuentro sentido leerlos, menos oír cantar a la esposa de López Obrador.

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Twitter: @derrotero_mx

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