Los desatinos del hombre más poderosos del planeta, Donald Trump, han sido tantos y tan graves, que ha debido instalarse en campaña para impedir que en las elecciones intermedias, a celebrarse el 3 de noviembre de este año, la integración de las cámaras del Congreso (de representantes y de senadores), le sea adversa a partir del año próximo, con la posibilidad de un proceso de destitución (impeachment) por violaciones significativas a la Constitución.
Con mucho poder; pero, desde luego, con muy poca imaginación, Trump ha recurrido nuevamente a la sobada trama del enemigo externo, situando a México en el centro de sus angustias con el también manido tema del narcotráfico y la delincuencia organizada. Amenaza, a su estilo bravucón, conque si el gobierno de la presidenta Sheinbaum no puede erradicar ese cáncer, las tropas norteamericanas lo harán.
Después de la Guerra Fría, con la ayuda de Holywood, el enemigo se volvió intangible: Independence Day (1996), recurre a los extraterrestres como malvados invasores cuya única intención es la de conquistar y destruir la tierra, un planteamiento ciertamente simplista a la vez que efectivo. El visitante exterior no vendrá con una rama de olivo bajo el brazo, sino con un láser de potencia devastadora, y la invasión podrá ocurrir en cualquier momento.
Pero, ya en pleno apogeo del neoliberalismo y la globalización, se identificaron enemigos de carne y hueso: Al Queda, Osama bin Laden, Kadaffi, Houssein, Noriega, Chávez, Maduro, etc. Ahora, los enemigos son países: China, Rusia, Irán, Cuba… y México. Cualquier pretexto es bueno para apuntar las baterías contra un pueblo que no se doblega a los caprichos del poderoso o que se resiste al avance de la ultraderecha que promueve la concentración extrema de la riqueza en pocas manos.
Ciertamente que México vive una crisis de inseguridad por el poder, acumulado durante 40 años, de la delincuencia organizada, que fue y es parte del proyecto neoliberal; pero, convertirlo en un pretexto para invadir a México y tomar el control de gobierno y las instituciones, es tan aberrante como absurdo. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, una mujer de luces excepcionales, lo ha dicho de forma reiterada: Colaboración, si; ¡sumisión, no!
El problema del narcotráfico y su poder económico, no es asunto de un país o de un gobierno, ni tiene soluciones aisladas; requiere de la coordinación, cooperación y colaboración de todos cuantos padecen este flagelo. México ha logrado substanciales avances en la contención del consumo de enervantes mediante programas de asistencia médica, información y apoyo integral para la rehabilitación de los consumidores y farmacodependientes.
México ha solicitado al vecino medidas de control para evitar el flujo de armas y el lavado de dinero producto de las actividades ilícitas, ofreciendo a cambio apoyo para implementar programas sociales que alejen a los jóvenes de la drogadicción; en respuesta, ha recibido amenazas y, como se acaba de descubrir recientemente, intervencionismo de las agencias estadounidenses en las tareas que realiza el gobierno para la construcción de paz.
Trump busca salvarse él y salvar a su administración por los yerros cometidos, errores que está pagando caro el pueblo norteamericano en la parte que más le duele: el bolsillo. No lo podrá lograr utilizando a México de piñata. La interdependencia de las economías unidas por la geografía es tal, que las consecuencias de una invasión a México resultarían más caras que la guerra de Irán y los conflictos sembrados en el Medio Oriente.
¡México no es piñata de nadie!


