Navidad sin mamá

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Espagueti en salsa de tomate, mucho tomate, rebanadas de pechuga de pavo, de preferencia pechuga, ensalada de manzana, no era un menú muy sofisticado, pero siempre había pavo recién horneado, con su relleno de carne dulce con pasitas y nuez.

Era Nochebuena, mamá cocía cinco pavos, la cocina era una revolución de movimiento, se partían dos en la mesa y los demás los obsequiaba a sus hijos y nietos. Siempre fue muy generosa, le gustaba que todos llevaran un montón de comida.

La familia empezaba a crecer y de nietos también, si antes ocupaban mesas aparte, ya hacían turnos para ocupar un lugar con los grandes o se ubicaban en diversos sillones de la sala.

Doña Esther sabía lucirse en esas épocas y en tiempos de bonanza, hasta enviaban con su hijo Chuy a los amigos múltiples canastas navideñas, llenas de una despensa de latas y botellas de sidra.

También la Rosa María se lució esta Navidad con mis hijos, les enseñó a hacer pozole y le quedó de cien, vino a preparar la cena para disfrutar del caldo de carne de puerco, algo picosito, pero muy rico.

Me vienen recuerdos de la casa de Escobedo 209 norte, casi esquina con Espinosa en el centro de Monterrey, donde Mamá coordinaba el movimiento de la cena. En la cochera de la casa, en una ocasión se puso la mesa para estar más amplios. Ponían un mantel rojo y nos acomodaban en la mesa, pero a veces como éramos tantos, no cabíamos. Los chiquillos comíamos al final.

La diversión era ver caricaturas del Pájaro Loco (Woody Woodpecker) o del pingüino Chilly Willy, en un aparato de cintas de Super 8, eran los años sesentas.

Pero abrir los regalos y jugar con ellos al día siguiente en el patio de la casa, era un sueño hecho realidad, andar en triciclo o jugar futbol, donde el güero Ricardo tenía sus habilidades.

Luego en los años ochentas nos mudamos a la colonia Cumbres, la familia ya empezaba a ser muy numerosa, pero seguíamos reuniéndonos en estos días de fiestas.

En la cabecera papá se asentaba para dirigir la mesa, con un “pásenme esto o aquello”. Los últimos años, el viejo casi ni quería bajar a la cena, entiendo que los años pesan y el humor también.

La recompensa era llevarnos a McAllen o Laredo y ya hasta acarreaba con los nietos, los complacía en la compra de ropa o juguetes.

En una ocasión, yo iba con mi hijo Sebastián quien ya caminaba, salíamos de Lubys y entramos a una tienda Hallmark donde vio un pato Donald de peluche; se puso necio que lo quería. “¿Lo quiere m’ijo?”, le dijo su abuelo Chuy y se lo compró de inmediato.

Mis padres acostumbraban quedarse un día o dos en La Quinta o en otro hotel cercano, visitar Walmart y La Plaza Mall, pasar por unas donas para luego irse de regreso, con la cajuela llena de compras.

Con la tutela de mamá, la familia aprendió a estar reunidos en estos días de Navidad. Ahora que no está, nos falta ese vínculo, por eso nos vimos este miércoles pasado en casa de mamá, mi hermano Lacho contrató un bufete de guisados y hasta llevó el show de un mago. Mi hermano Chuy rifó un billete de lotería que yo me gané.

Mamá vivió 95 largos años, como llegué a Reynosa a trabajar, trataba de venir una vez por semana a verla. El último año fue duro por su movilidad. Pero me quedo con los buenos momentos, la recuerdo por su generosidad y cariño. Te amo mamá.

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