Julio César Chávez al Salón de la Fama

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México, D.F. / Junio 13.-
El último de los grandes ídolos mexicanos del boxeo, Julio César Chávez González, ocupará este domingo su merecido lugar en la historia universal: la eternidad. El legendario pugilista ingresa al Salón de Fama del Boxeo Internacional, en Canastota, Nueva York.
Su cuerpo fue torturado, su rostro mancillado por los golpes recibidos en 25 años de trayectoria profesional, pero su corazón siempre se mantuvo intacto, siempre bravo combate tras combate.
El ex campeón mundial en tres divisiones (superpluma, ligero y superligero), a pesar de sus conquistas, es exigente consigo mismo y se reprocha algo que es irreversible.
“Me siento contento, la verdad orgulloso, satisfecho, aunque a mí, lógicamente, me hubiera gustado retirarme invicto, pero no siempre se puede”, comentó Chávez González en entrevista para EL UNIVERSAL.
Los recuerdos gratos y amargos se mezclan, las mieles y los sinsabores que el pugilismo otorga se mezclan en la mente de JC.
“Creo que no fue fácil lograr todos los récords que implanté, todas las peleas que duré invicto, fueron muchos años de esfuerzo, sacrificio y disciplina, la verdad es que tuve una trayectoria bastante larga.
“Fueron años difíciles, muchas concentraciones alejado de la familia, alejado de los seres queridos, pasé hambre, sed, fueron momentos no muy gratos, pero que me llevaron, por gracia de Dios, a salir adelante en mis peleas”.
El boxeo le dio todo a Julio César, aquella dualidad que eleva al boxeador a la gloria y que más tarde, cuando parece que tienen al mundo a sus pies, lo hunde en el infierno. Afortunadamente, Julio César, quien confesó su adicción a las drogas y el alcohol, nunca estuvo solo, siempre fue protegido por el amor de sus hijos y sus fieles amigos.
“Salí adelante con ayuda de Dios, con la ayuda de quienes estaban a mi lado, como José Sulaimán [presidente del Consejo Mundial de Boxeo], quien me dio todo su apoyo. Estuve expuesto a muchas tentaciones en la vida, y como ser humano caí en las drogas y el alcohol, una y dos veces, pero tuve la oportunidad de llevar una vida limpia y sana, no ejemplar, porque santo no soy, pero tampoco soy el demonio”, relata mientras la voz se le quiebra al hombre que soportó estoico el fragor de 115 combates.
“Tener una vida espiritual me ha ayudado a reencontrarme con eso que es Dios, la verdad que sí me ha costado mucho trabajo. No estoy recuperado, porque diario lucho contra esta enfermedad para salir adelante y darle un buen ejemplo a mis hijos, pues a pesar de que ya estoy viejo, estoy contento con la vida”.
El orgullo más grande de Chávez son sus hijos, Julio César y Omar, quienes nunca le dieron la espalda, y a quienes hoy contempla desde las gradas en su faceta de comentarista, cada vez que ellos se calzan los guantes. Fueron ellos quines se fajaron ante el mundo por el bien de su padre, son ellos los verdaderos héroes de Chávez.
“Mis hijos me vieron beber —claro, nunca me vieron que me drogara, pero no son tontos— aunque ahora se sienten contentos y orgullosos. Creo que Julio, mi hijo, tomó una decisión muy acertada al meterme a una clínica de rehabilitación sin mi consentimiento. Al principio me enojé con él, se la ‘rayé’ varias veces, pero después me di cuenta de que sí lo necesitaba y que mi hijo me ayudó”, confiesa “La Leyenda”.
Chávez permaneció 90 peleas invicto, hasta que fue derrotado por Frankie Randall el 29 de enero de 1994, aquella noche perdió por decisión dividida; sin embargo, considera que Meldrick Taylor fue el mejor rival de su vida.
“Las peleas más grandes fueron muy satisfactorias, es algo que siempre soñé, es algo que no cambiaría por nada del mundo, los demás campeonatos son metas que uno se va formando, que vienen por sí solas, pero la verdad, la pelea más grande y difícil de mi carrera, el peleador más grande contra el que me he enfrentado fue Meldrick Taylor”.
Y de pronto Julio César, quien recetó 86 nocauts en 633 rounds, se reconoce como ídolo de México, con la responsabilidad de cargar con el ánimo de un país, ya no sólo era él sobre el cuadrilátero, sino millones.
“Yo no miraba cómo se ponía México mientras estaba en el ring, pero después observaba cómo se formaban los tumultos, cómo me seguía la gente, las entrevistas, los reportajes y era increíble, y sí, sentía un peso fuerte cuando estaba sobre el ring.
“Sinceramente tuve muchísimas peleas grandes, y muchos recibimientos en mi estado, eso era en cada pelea, se hizo como una costumbre, y eso me hacía sentirme orgulloso, contento, feliz. Donde quiera que me parara la gente me rodeaba y me seguía”, rememora el ídolo quien se ríe con soltura, como si fuera un niño.
“La verdad muchas gracias a Dios que me bendijo con esto. Valió la pena todo el sacrificio que hice, siempre peleé para México, nunca para mí, a veces lo hacía lastimado, mal de una mano, de un pie… pero siempre tratanto de agradar a todos los mexicanos, y por eso llegué lejos, muy lejos, hasta donde estoy”.
Con el paso de los años, aquel joven delgado y gallardo que decidió boxear para ganarse la vida en 1980, se convirtió en uno de los más grandes exponentes del deporte de los puños, uno que nunca se supo “rajar”, uno que quiso superar, sin éxito, la fatalidad del tiempo. El eterno Julio César Chávez.
La última vez que birlló la luz del gran campeón sonorense arriba de un cuadrilátero fue el 17 de septiembre de 2005, cuando perdió ante el estadounidense Grover Wiley, en el American West Arena, en Phoenix, Arizona.
“Gracias, en verdad muchas gracias y un abrazo para todo México”, concluye Chávez, el inmortal.

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