Puerto Príncipe se muda a Reynosa

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Reynosa, Tam.-
El termómetro en la frontera de Tamaulipas marca los 11 grados centígrados, pero llovizna, la sensación térmica por momentos es de 7 y 8.

En los confines del país, al borde del río Bravo, hay un territorio agreste, de suelo sinuoso y maltratado por donde no sólo caminan miles de personas todos los días, también es su hogar, ahí comen y duermen.

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Es un suburbio de casas de cartón, con carpas, con frazadas donde radica una gran cantidad de extranjeros que buscan asilo en los Estados Unidos.

Los albergues ya están llenos. Es al exterior donde la mancha urbana se extiende de manera exponencial. Cada día llegan más personas; la gran mayoría de origen antillano.

Son los caribeños de Haití, pero también arriban de Nicaragua, Honduras y el Salvador. Madres con hijos de brazos, esposos y ancianos. Todos tienen el sueño de cruzar legalmente a la Unión Americana, por eso están ahí, esperando un turno para que una corte de migración los atienda y evalúe sus casos.

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Ellos son desplazados por la inseguridad y el hambre. Transitan por más de 5 mil kilómetros, mudándose por varios países, de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo.

En Reynosa se asientan. No cuentan con mayores recursos. Quienes pueden, reciben el dinero de algunos familiares para alojarse en alquileres y hoteles, pero un gran número no tiene más que la ropa que llevan en sus maletas.

Comen de lo que algunas organizaciones humanitarias les conceden. Los padres de familia salen a las calles de esta fronteriza localidad a limpiar vidrios, a soportar caras de personas que los rechazan por ser inmigrantes.

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Sin embargo, los ciudadanos foráneos no se flagelan, mantienen encendida la flama de la esperanza. Aguantan extenuantes calores y ahora los filosos fríos de la temporada.

No son pocos, se arropan unos con otros. Encienden fogatas, se frotan las manos y los niños juegan. Viajan de tan lejos, un elevado número de la capital haitiana: Puerto Príncipe, una ciudad violenta, en la que dominan las dictaduras, los asesinatos y la anarquía. A veces son originarios de las mismas ciudades, pero se vienen a hacer amigos alejados de su patria.

Miran a México. Si no ingresan a los Estados Unidos no quieren voltear atrás.

Aquí en la frontera, tierra también de despiadada violencia, ellos se sienten cómodos. No se aferran, pero tampoco se asombran. Las condiciones de donde provienen son más drásticas que las que aquí imperan.

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Los inmigrantes se han convertido en el rostro de la zona centro de la ciudad.

Reynosa tiene más de cinco años en crisis humanitaria. Se van unos y llegan otros.

Los refugios se han tenido que hacer más grandes aún, pero siguen miles de indocumentados viniendo.

Quieren trabajar. Buscan llevar el sustento de sus familias. Aspiran a una vida mejor. Cantan, se alegran, a pesar de las adversidades. Ellos son ahora la identidad de la frontera.

Y ocasionalmente se observan caucásicos. Provienen de regiones más lejanas aún. De Ucrania o de Rusia, huyendo de la guerra. No quieren enlistarse al ejército. Aquí se hermanan a pesar de que sus países se encuentran enfrentados.

En albergues como Senda de Vida han hallado un rayo de luz, una posibilidad, a las puertas de los Estados Unidos. Del otro lado del río el país al que vinieron se observa a tiro de piedra, pero aguardan su momento.

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