Salud física y ansiedad: ¿cómo lo comunican en Japón?

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Tokio, Japón.
¿Zuki-zuki, chiku-chiku, kiri-kiri o jin-jin? Aunque parezca un juego, las comunes onomatopeyas de la lengua japonesa, son parte de los interrogatorios médicos aún en los casos más graves de salud. Se usan para describir los síntomas de un dolor pulsátil, agudo, punzante o neuropático. Si en el propio idioma, describir una crisis de dolor puede ser difícil ¿cómo hace un hispanohablante cuando llega a un hospital en Japón?

Familiares, amigos, voluntarios o incluso aplicaciones digitales ayudan en la tarea de interpretación, pero cada vez son más necesarios los profesionales, para evitar confusiones, malentendidos o procedimientos que pueden llegar a traer consecuencias fatales. Los medios internacionales han reseñado casos como el de un pequeño cuyos padres migrantes no pudieron explicar los síntomas de su hijo en otra lengua, y lo vieron morir por falta de atención oportuna. O señalamientos por drogadicción a personas que se han “intoxicado” con alimentos.

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Una persona llega a un hospital en Japón con dolor, miedo y ansiedad, pero no logra explicar lo que le ocurre en idioma japonés. Nadie la entiende. En ese silencio, el sufrimiento no disminuye, sino que se intensifica. Este tipo de situación no es excepcional: según datos de la Agencia de Servicios de Inmigración, en 2025 residían en el país 3,95 millones de personas extranjeras, muchas de las cuales no dominan el idioma japonés.

SALUD FÍSICA Y EMOCIONAL

Sobre estas experiencias, la psicóloga y educadora Irma Arauz, explica que la imposibilidad de expresar el propio malestar en el país de residencia tiene un impacto profundo en la salud mental de las personas migrantes. Desde su experiencia profesional, subraya: “No poder expresar el propio dolor en el país donde se vive afecta directamente al bienestar emocional”.

La población japonesa está envejeciendo y desde hace varias décadas se necesita personal joven y entrenado en trabajos y servicios duros. De la cifra récord de 2,3 millones de trabajadores extranjeros, la mayoría son mano de obra en producción, limpieza y construcción. Estas áreas aumentan el riesgo de que los extranjeros lleguen a presentar heridas o problemas de salud. Al peligro físico, se suma el estrés por incomunicación en la lengua local.

Arauz señala que la falta de comunicación produce la sensación de no ser comprendido y de quedar socialmente excluido, y añade: “La incomunicación no es simplemente un problema lingüístico; es una experiencia de soledad”.

Estas observaciones coinciden con investigaciones internacionales. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, las personas migrantes y refugiadas tienen hasta un 20 % más de riesgo de desarrollar problemas de salud mental, como ansiedad o depresión, especialmente cuando existen barreras lingüísticas. Además, informes recientes indican que las personas migrantes que no pueden comunicarse adecuadamente tienen un acceso significativamente menor a servicios médicos y psicológicos. En este sentido, Arauz coincide con estas conclusiones y afirma: “aprender la lengua del país no solo facilita la integración social, sino que también protege la salud mental”.

La gravedad de esta problemática se hace especialmente visible en el ámbito de la atención médica. Diversos estudios muestran que los problemas lingüísticos en los servicios de salud están asociados con errores médicos y una menor calidad de atención. Investigaciones en Estados Unidos han observado que los pacientes con dificultades para hablar inglés tienen el doble de probabilidad de sufrir errores médicos en comparación con quienes dominan el idioma local. Esta situación también se observa en Japón. Según datos de la publicación Kōsei no Shihyō (Índice de Salud y Bienestar), en 2014 más del 60 % de los hospitales japoneses no contaba con intérpretes médicos profesionales, lo que representa un riesgo considerable para los pacientes extranjeros.

La demanda de intérpretes va en aumento y a la fecha no se ha cubierto. Sin embargo, los gobiernos locales y algunos servicios telefónicos intentan asistir a los extranjeros, con folletos en varios idiomas e intérpretes, como los del Centro Internacional de Información Médica AMDA. 

PALABRAS PRECISAS Y ATENCIÓN: UN ASUNTO DE VIDA O MUERTE

Desde su experiencia en este contexto, la profesora Arauz advierte: “En el ámbito médico, incluso un malentendido pequeño puede tener consecuencias graves”.

En Japón, un caso que evidenció de manera dramática las consecuencias de esta situación fue el de Wishma Sandamali, una mujer de Sri Lanka que falleció en 2021 en un centro de detención de inmigración en Nagoya. Los informes oficiales indican que, durante su detención, Wishma presentó síntomas graves de deterioro físico, pero no recibió atención médica adecuada. Según reportes del diario Asahi Shimbun, la ausencia de intérpretes y de seguimiento médico contribuyó de forma decisiva a su fallecimiento. Al reflexionar sobre este suceso, Arauz sostiene que no se trata de un problema aislado, sino de una cuestión de derechos humanos fundamentales, y confirma: “La ausencia de apoyo lingüístico puede poner en riesgo el derecho a la vida y la dignidad humana”.

En contextos sensibles como la salud mental, la violencia doméstica o las emergencias médicas, el papel del intérprete resulta fundamental. De acuerdo con la Asociación Internacional de Intérpretes Médicos, los profesionales pueden reducir hasta en un 30 % los errores clínicos y mejorar significativamente la satisfacción del paciente. En la misma línea, Arauz explica que el intérprete no debe limitarse a traducir palabras de manera literal, sino facilitar la comprensión: “El intérprete es un puente cultural, no una máquina de traducción”.

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Asimismo, la profesora reconoce que en situaciones delicadas una traducción exacta no siempre es la opción más adecuada. En un estudio de 2014 sobre Metodologías de Interpretación, Luis Pérez González señala que esta actividad, en contextos de trauma o violencia exige una sensibilidad especial y decisiones éticas complejas. En consonancia con esta idea, Arauz comenta: “A veces es necesario adaptar el mensaje para transmitir el sentido sin causar daño.”

La interpretación de este tipo de situaciones también puede afectar emocionalmente a los propios intérpretes. Estudios sobre la interpretación del trauma indican que más del 40 % de los intérpretes comunitarios experimentan estrés emocional o agotamiento psicológico debido a la exposición continua a relatos de sufrimiento.

Ante la demanda de intérpretes, hay esperanza en que los estudiantes de lenguas puedan ir emprendiendo un camino profesional. Desde la perspectiva de la interpretación comunitaria, Arauz considera que incluso un apoyo imperfecto -si se ofrece con respeto, honestidad y sensibilidad- puede marcar una diferencia significativa en la vida de quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad. La interpretación, especialmente en contextos sensibles, es una labor profundamente humana.

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Elaborado por alumnos de español de la Universidad de Estudios Internacionales de Kanda (KUIS), Japón: Sora Kanai, Bahareh Safari y Silvia Lidia González (profesora). 

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