Era el último día escolar de la semana para mis hijos y para mi también, pues los viernes “Libre Soy” cómo “Elsa” de “Frozen”, pues no tengo clases en la universidad.
Así que la arreglada de los chamacos fue más relajada y hasta nos levantamos un poquito más tarde.
En eso estaba cuando la más pequeña, cómo si entendiera que mamá estaba “zen” y era el momento idóneo para tocar temas profundos se fue directo y sin escala.
“Mamá yo te quiero mucho, ¿ya no te vas a enojar?”, me dijo mientras echaba algo de flojera sobre la cama y yo le anudaba las agujetas.
“Yo también mamita, pero si te portas mal o no haces caso si me voy enojar; a veces tengo que regañarte pero es por tu bien, además tu sabes que te quiero mucho”, le respondí.
No son pocas las veces que después de un regaño me he sentido mal, pero aunque suene trillado, es porque los quiero.
Soy de la idea de que consentir en exceso o dejar pasar faltas no es sinónimo de amor a nuestros hijos, porque el día de mañana lo padeceremos nosotros, si, pero más ellos.
Un día, mi mamá me decía que tratara bien a mis hijos, que ya no los regañara tanto, entonces, urgué entre mis recuerdos y le dije: “¿te acuerdas la chinga que me arrimaste una vez?”, me miró y respondió: “¿y te sirvió o no te sirvió?”, bueno pues mi cara creo que fue así de 😬 acompañada por un seco “si”.
No estoy de acuerdo con la violencia, pero creo que un chanclazo a tiempo puede prevenir muchas cosas, aunque los senadores no piensen lo mismo.
Cuando te conviertes en padre entiendes muchas cosas y comprendes a los tuyos, quizás ahora mis hijos me vean cómo una mamá que no siempre está sonriente y que a veces se enoja, pero espero que el día de mañana, cuando sean hombres y mujeres de bien puedan decir igual que yo “ahora entiendo a mamá”.


