México, D.F. / Noviembre 9.-
Es un aventurero del saber fascinado por el poder explicativo de la ciencia, quien a través de sus narraciones transita con agilidad de la genética a las neurociencias y también de la astronomía a la climatología.
Le complace zambullirse en el océano de la investigación científica y descubrir los mundos que habitan bajo la superficie. Pero lo más importante para el bioquímico, periodista y divulgador catalán Pere Estupinyá es transmitir al público esa experiencia de viaje, la emoción por haberse apropiado de un gran tesoro que al compartirlo crece.
Ese entusiasmo se refleja en su libro “El ladrón de cerebros”, compartiendo el conocimiento científico de las mentes más brillantes (Random House Mondadori), sobre el cual conversó este moderno Robin Hood intelectual, de visita en México para realizar actividades académicas.
¿Cómo fue tu contacto más temprano con la ciencia?
Fue estudiando química y luego bioquímica que descubrí la maravilla de la ciencia; no solo el temario para un examen, sino yendo más allá y divagando un poco sobre lo que implica la mecánica cuántica, el genoma y la evolución. Descubrí que la ciencia es fascinante, porque es lo único que me da novedad. Lo más revolucionario en el futbol (que me gusta) sería que un país asiático ganara un Mundial. En cambio en la ciencia hay que pensar qué va a pasar o no va a pasar dentro de 20 años.
¿Cuál es tu principal motivación para hacer trabajo de divulgación?
En mi caso particular es egoísta y lo digo en mi blog: explico la ciencia como excusa para poder aprenderla. Crear vocaciones o educar a la gente no me gusta mucho. Si la gente lee mi libro y aprende ciencia, perfecto. Lo que quiero es que se entretengan, ofrecerles (a los lectores) algo interesante, divertido, que les dé una manera bonita de pasar una tarde, un viaje de metro o de charlar de cosas que antes no sabían.
¿Ha habido alguna entrevista en particular o tema que te haya dejado muy asombrado?
Fue cuando conocí a Paul Zamecnik, pionero de la biología molecular que en los 60 descubrió el ARN mensajero. A sus 97 años (murió a esa edad en 2009) todavía investigaba en Harvard. Le pregunté que cómo podía estar tan entusiasmado a su edad. Se quedó pensando y respondió: es que nadie está estudiando esto, que podría ayudar a mucha gente y que además es fascinante.
¿Las redes sociales te han ayudado a potenciar el trabajo de divulgación?
Twitter es una burbuja. Ahora hay una gran moda con él. Lo utilizo para seguir gente, revistas y publicaciones de ciencia; pero no sé cuántos libros de más habré vendido gracias a esta red. En cambio, cuando sale en televisión en el programa de máxima audiencia en España se vende mucho.
¿Realmente crees que puede robarse el conocimiento científico en tan poco tiempo?
Yo me definía como el Robin Hood de la ciencia, pero no me gustaba el título. Lo difícil es mantenerte neutro. Quizás en un próximo libro meteré más opinión personal; simplemente hago un filtrado de conocimiento que puede ser interesante y lo transmito a las personas de una manera amena y con historias.

