Publican estudiantes historias de la reconstrucción de Japón

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Tokio, Jap. / Julio 20.-
Los japoneses reconstruyen autopistas en tiempo récord, arriesgan la vida para salvar la de otros, recogen sus escombros voluntariamente y mantienen la serenidad, aún en medio de la peor catástrofe en la historia de la humanidad.
Al repetido cuestionamiento del mundo occidental sobre por qué no hay saqueos, ni visible desesperación, le corresponde una respuesta contundente: porque en Japón hay otros valores.
Interesados en mostrar esos valores tradicionales al mundo hispanohablante, un grupo de estudiantes japoneses y una periodista mexicana han recopilado breves historias de lo que ha trascurrido en este país a partir del magno sismo y tsunami del pasado 11 de marzo.
Sus trabajos se reúnen en la publicación titulada Japón: la otra bolsa de valores.
El proyecto inició con la inquietud de alumnos del Departamento de Español de la Universidad de Estudios Internacionales de Kanda, quienes desde la fecha de la tragedia han recibido constantes mensajes de amigos y medios de comunicación del mundo hispano, indagando sobre su situación personal y detalles de cómo el pueblo japonés está superando esta experiencia.
El incentivo para responder a estas preguntas llegó de la mano de su profesora de Comunicación, la académica y periodista mexicana Silvia Lidia González.
“A los japoneses les interesa mucho la imagen de su país en el mundo, y al mismo tiempo están dispuestos a que otros ojos, los del exterior, les ayuden a reconocerse”, comenta González, quien abre el trabajo recordando a Shinzo Hamai, alcalde de Hiroshima que en 1947, con la misión de reconstruir una ciudad bombardeada y sin esperanza, creó “el club de los soñadores”, para poder imaginar el futuro luego de las bombas atómicas.
El trabajo teje historias sencillas de cómo se ha despertado la solidaridad en escuelas, donde los niños sacrifican su comida y sus espacios, mientras los ex alumnos regresan a los planteles a donar libros y materiales para que los más afectados no pierdan la oportunidad de seguir estudiando.
También se cuentan los proyectos de “Plan Japan” para que los niños de otros lugares del mundo envíen cartas a los pequeños en las zonas afectadas.
Igualmente, se explica el sentido de la organización y disciplina de una joven generación que no conocía lo que era un apagón, y ahora colabora con el resto de la sociedad para ahorrar energía, aún en este intenso y caluroso verano. La meta es que el país reduzca 30 por ciento su consumo habitual.
La contaminación radiactiva en Fukushima, tras la crisis en una importante central nuclear, ha causado estragos físicos y morales. Las noticias sobre el tema pesan especialmente sobre algunas comunidades. Un lechero de la zona se suicidó, ante la falta de expectativas. Y el índice de suicidios a nivel nacional aumentó justo desde el mes de junio.
Ante las circunstancias, los medios se enfrentan a una gran responsabilidad, la de informar para matar las esperanzas, o para encontrar alguna motivación.
Por otra parte, se pueden leer historias de gratitud, como la de un grupo de japoneses que, para retribuir los donativos de algunos pobladores de Taiwán, recopiló más dinero que el recibido, con tal de publicar un aviso de agradecimiento en un diario taiwanés.
Escenas de reconstrucción de mercados, de donantes de sangre haciendo largas colas para contribuir, de artistas y deportistas populares dando fuerzas a los más afectados, se suman a este compendio. La experiencia de un peluquero que llegó a Fukushima simplemente a dar su trabajo con el letrero “peluquería bajo el cielo azul”, se cuenta entre los casos de miles de voluntarios que aparecen siempre como pieza clave en esta nación.

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